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¿Estamos preparados para otro terremoto?

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

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Hoy 4 de febrero, a exactamente 46 años, recordamos el violento terremoto que sacudió a Guatemala. El desastre asumió enormes proporciones, por varias razones: fue de magnitud 7.5 en la escala de Richter, a tan solo 5 km de profundidad, con una duración de casi 49 segundos, y por haber ocurrido en la madrugada, mucha gente dormía, lo que hizo que su efecto fuera terrible y devastador.

El daño a instalaciones públicas y privadas se extendió especialmente en la capital, debido a la superficialidad del evento, por lo que, como resultado, las personas que se quedaron sin hogar fueron cientos de miles. Murieron cerca de 23 mil y hubo al menos 76 mil heridos. El terremoto destruyó 258 mil casas y al menos 1.2 millones de pobladores quedaron sin hogar.

Ciudades de todo el país sufrieron los daños, y la mayoría de las casas de ladrillo de arcilla mezcladas con paja, en las áreas periféricas de la capital, fueron destruidas.

Mucho después del terremoto, el entonces presidente, Kjell Eugenio Laugerud García, invitó a la mayoría de embajadores extranjeros a visitar las regiones afectadas, lo que los llevó a pedir ayuda rápidamente en sus países de origen, y luego de una década Guatemala se levantó con el arduo trabajo de todos los ciudadanos. Hoy es una gran ciudad, donde existe gran cantidad de altos y bellos edificios.

No debemos olvidar que nuestro país, por estar situado en el Cinturón de Fuego del Pacífico, es muy susceptible de sufrir fenómenos sísmicos. Aquí se localizan más de 37 volcanes, muchos de ellos activos. Además, tres placas tectónicas se desplazan en el territorio. A pesar de que han pasado 46 años y no hemos tenido un terremoto fuerte desde 1976, hay que considerar que estos eventos suceden cíclicamente.

Para Guatemala los terremotos siempre han sido una constante y lo seguirán siendo. En países desarrollados se habla de una práctica de prevención sísmica, pero, ¿es posible prevenir? Lo que mata no es el sismo en sí, sino las estructuras que colapsan, a menudo porque fueron construidas hace mucho tiempo o son recientes pero ignoraron criterios antisísmicos. Las instituciones encargadas deben evaluar la vulnerabilidad sísmica de los edificios y otras estructuras existentes, estratégicas y públicas. Es decir, no solo bien diseñado, sino bien construido y probado. Deben inspeccionarse sobre todo colegios, guarderías, asilos, hospitales y lugares que alberguen a personas vulnerables.

El peligro sísmico es siempre el mismo, dependiendo exclusivamente de la dinámica interna del planeta en el que vivimos. Y una gran preocupación que muchos tenemos, pero pocos manifiestan, es que, si un evento como el terremoto de 1976 nos golpeara en estos días, ¿estaríamos listos para enfrentar la emergencia?

Las pruebas de evacuación, ejercicios e información continua son otra diferencia importante entre la vida y la muerte. Prácticas que, si se realizan de manera consistente, pueden ser fundamentales en momentos de pánico. Esto incluye un buen plan de comunicación, instalación de alarmas sísmicas, contar con mochilas de emergencia, no solo en casa, sino en los edificios. Sería conveniente que la administración municipal, en interés de nuestra comunidad, estructurara un plan integral para este tema y lo implementara seriamente lo antes posible.

La ciencia aún no es capaz de predecir cuándo y dónde ocurrirá un sismo. La única predicción posible es estadística, basada en el conocimiento de la sismicidad que ha afectado históricamente al país, pero el Estado sí puede y debe tomar medidas para minimizar los efectos.