Sin fronteras

“Expertos” en migración

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Siento incomodidad cuando alguien me traba esa etiqueta de “experto” en migración. No lo avalo y sucede con lamentable frecuencia. Quizás sea por el formato de los medios de comunicación. Ellos, que se deben a sus audiencias, deben cumplirles y decir quién es uno. Comúnmente, ha de ser más fácil cuando el invitado pertenece a una institución. Si es de gobierno; o de una organización civil. Si es del sector privado, la academia, cooperación internacional, o cualquiera otro del sinfín de actores sociales. Me ha sucedido, que tengo sentado a la par a personalidades que son fáciles de identificar. El presidente del Banco de Guatemala; algún ministro de Estado. Enviados de la academia. La Iglesia. Y yo suelo ser el único sonto, que no pretendo representar a nadie, y a quien no saben qué ponerle en el rotulito junto al nombre. Ahí, algunos -sin mi consentimiento- optan por lo de “experto” en migración. Esto no es un asunto de elegantes humildades. En verdad ¿quién puede pretender ser perito de algo tan complejo, integral, transversal, y encima, tan reciente, como esto?

En otros problemas, lo estudiado lleva siglos de manifestación y además de evolución. Y, aunque ciertamente el éxodo actual es de raíces estructurales, los troncos fuertes son respuestas populares de tiempos recientes. ¿Quién, hace solo 15 años, pronosticó este fenómeno, a este nivel? Pocos, de hecho, siquiera hablaban de ello. ¿Quién habría previsto semejante impacto, sobre tantos órdenes? El económico, tan solo uno de ellos. O el político. ¿Quién previó un Trump, que colocaría a Guatemala en su debate electoral? Y más preocupante: ¿Quién puede anticipar, hacer pronósticos informados, de lo que sucederá? Es lamentable que, en el foro, ante la oportunidad de protagonismo, las voces hablen categóricamente. Que pretendan identificar “el” porqué de la migración. Explicar “el” problema. Hacer “el” pronóstico. Y, por tanto, atrevidos, plantear “la” solución. Muchos de ellos —quizás la mayoría— no han puesto un solo pie en una sola comunidad de origen, no digamos en una cantidad que sea mínimamente representativa. Tampoco han puesto un pie en las de destino, o en el trayecto migratorio. Vaya voces, aquellas.

Me tocó estar en esto sin haberlo buscado. Y mientras más me adentré, me encontré más lejano a alcanzar una erudición. Sucedió, más bien, lo contrario. Mientras más recorrido, más presente el sentimiento de pequeñez. A mí, por trabajo, me toca ir a campos donde suceden las acciones. Voy con entusiasmo, mientras más lejano y profundo, mejor. En la Guatemala del Norte, a donde fueron motivados a llegar, he ido a más de un centenar de comunidades como en 35 estados. Y en la Guatemala del Sur, de donde fueron obligados a abandonar, más allá de la meseta central. Ir al último caserío del último pueblo es lo que motiva. Pero mientras más trabajo, más ciertas en la mente las palabras del filósofo griego, que se cobija en el auténtico desconocimiento. Solo sé que mientras más me meto, más pequeño me hago ante esa inmensidad. Y más clara se hace la necesidad de agruparnos, quienes tengamos objetivos comunes.

En la Guatemala actual, tan llena de vicio, si esos objetivos a plantearnos han de ser honestos, los retos serán inmensos. La ambición personal es un claro actor, todos lo sabemos. Pero esta va más allá de la avaricia económica que motiva a los privilegiados. El orgullo, la envidia, la soberbia, se traducen en ambiciones de protagonismo, que impiden el camino de fuertes esfuerzos colectivos. Necesarios, creo yo, para retos tan inmensos como los que tenemos enfrente. El problema migratorio es colosal, es nacional, y todos, apenas estamos conociéndolo. La solidez vendrá de esfuerzos colectivos. El ánimo de protagonismo será un eterno enemigo.