Rincón de Petul
Filgua y las bibliotecas que cuentan una vida
Llevar libros a casa termina convirtiéndose también en una costumbre, casi un acto de optimismo.
Leí hace unos días que una biblioteca es una autobiografía. Mi primera reacción fue pensar: qué frase más cliché. Basta con mirar los títulos guardados para entender a su dueño. Pero el autor insistió en otra dirección. Decía que más allá de los libros que contiene, una biblioteca es autobiografía en otras manifestaciones menos evidentes. Y esa idea me transportó, inevitablemente, a aquel salón de la casa familiar. “El cuarto de los libros”, como se le llamaba en casa. Denso y oscuro antes de que papá invirtiera en ampliarlo y abrirle una luminosa ventana. Aromático, donde el papel y la madera parecían confundirse con el aire. Ahí entendí que sí, una biblioteca termina contando la vida de quien la construyó. Pero no necesariamente solo por los libros que eligió.
Una biblioteca termina siendo una autobiografía.
Claro está que aquella lista no se refería solo a libros. Hablaba también de las estanterías y de los detalles que solo conce quien las fue llenando. La primera manifestación —y confieso que me hizo sonreír— era la de las colecciones inconclusas. Primero vinieron a mente aquellas revistas y enciclopedias que llenaron las casas del siglo pasado. Pero también están esos autores de quienes se logra reunir casi toda la obra, menos el libro aquel que se resiste como quien disfruta con llevar la contraria. Creer tener completo a Gómez Carrillo, por poner un ejemplo, y luego encontrar otra crónica desconocida, es un martirio difícil de explicar. En la biblioteca familiar hay una espinita de ese tipo: El Libro de las Efemérides, de Hernández de León. Después de toda una vida, siguen faltando apenas dos tomos.
Una segunda manifestación hablaba de los huecos en la estantería. Ese espacio dejado por un libro prestado a alguien más. Los años pasan y el vacío permanece, como si todavía existiera la esperanza de que un día volverá a llenarse. Sugiere el viejo refrán que quien devuelve un libro es más tonto que quien lo prestó. Y, sin embargo, las bibliotecas reinciden en esa ingenuidad. Conservan el lugar para aquel que nunca regresa. O para el que se perdió entre mudanzas. Son pequeñas historias que suben la bilis del dueño de la biblioteca. Ese que, sospecho, sonreirá al leer esto y reconocerlas.
Particularmente me gustó la manifestación que revelaré ahora: la de los libros jamás abiertos. Los tomos, a veces pocos, a veces en abundancia, que siguen ahí todavía envueltos. Claro está que un bibliófilo disfruta leer lo que compra. Pero no es solo eso. Llevar libros a casa termina convirtiéndose también en una costumbre, casi un acto de optimismo. Se compran para unas vacaciones, un diciembre más tranquilo o ese futuro en que, ahora sí, habrá tiempo para leer. Papá, por ejemplo, sonreía cuando alguien entraba a su monumental cuarto de libros y, con asombro, preguntaba: ¿Y usted ha leído todos estos libros?. No hay pregunta que delate tanto a quien no lee como esa, decía. Una biblioteca es esperanza del buen tiempo por venir. Quizás aquel autor tenía razón. Una biblioteca sí termina siendo una autobiografía. Pero no solo por los libros que reúne, lo cual dijimos, sonaría a cliché. También por las colecciones nunca completadas, por los huecos de los préstamos que nunca regresaron y por los tomos todavía envueltos que siguen apostándole al futuro. Esta semana, tal vez valga la pena caminar por los pasillos de la Filgua pensando en la biblioteca que cada uno construye. Y de paso, iniciar la colección o terminar la inconclusa, cuidarse de los préstamos eternos, o rendirse ante el volumen que esperará unos meses para ser abierto, entendiendo que termina pasando con algunos libros, que llegan mucho antes que el momento ideal para leerlos.