Sin fronteras

Filomena está “bien”. Gracias por preguntar

Dos quintales de maíz puestos encima de una mesa de madera. “¿La cosecha del año? pregunté impertinente. Como si no supiera que allí, en Chanchocal, en la cumbre de la cumbre, no crecen nada más que papas. Como si no recordara que este año Nasario no hizo siembra, apostando todo a que lograría pasar y quedarse en el otro lado de la frontera. “No, don Pedrito”, me contestó con paciencia inmerecida. “Esto lo compramos. Es la comida para seis meses”. Habíamos estado ya un par de horas de visita en el cuarto donde viven. No pude evitar hacer la matemática: dos quintales de maíz, a Q200 cada uno. Pero el hombre recién había dicho que el jornal ahí lo pagan a Q50, si él lleva su comida; si no, solo le pagan Q35. Y eso, cuando hay. Cierto es que Nasario se queja de la falta de dinero.

 

Pero más que del precio del jornal, lamenta que no logre trabajo más que dos o tres veces por semana. Así, juntando Q500 al mes, sostiene a su esposa, tres hijos y una abuela. En el espacio de cocina se ve el resto de su dieta. Colgados en una pared, unos cuantos sobres de consomé. En la otra, un paquete con media docena de sopas chinas. “Esas son para el domingo”, señala. Adentro de las ollas no hay nada más que el aire helado que inunda Chanchocal.
Con 5 años de edad, Filomena ya está de vuelta en casa. En 2018 su nombre dio vuelta al mundo cuando Trump y su Cero Tolerancia la tomaron. “Se la arrancaron de los brazos”, dijo la mamá, seguramente afectada por el trauma. Dos policías forcejearon con Nasario, mientras otros dos se la quitaron. Aunque algunos en la ciudad no lo comprendan, él iba en busca de un trabajo para alimentar a su familia. Llevó a la niña, como la mejor oportunidad que podría regalarle. Y si bien lo que vivieron fue brutal, hay otros que llevaron aún peor fortuna. El gobierno estadounidense reportó en diciembre pasado que 161 menores se quedaron sin reunificar como resultado del inclemente plan. Una buena tajada de ellos, serán niños de Guatemala. Nuestro gobierno, sin embargo, guardó y guarda absoluto silencio. Ni una sola postura pública. No digamos una llamada de seguimiento a las familias afectadas, como la de Nasario, que íngrimos en la montaña, enfrentan el trauma.

Es cierto que los presidentes tienen particular habilidad para ganar antipatía. Pero creo no exagerar con que el actual rompe toda barrera. Con semblante teatral, frunce el ceño fingiendo sabiduría. Habla, elocuente y pausado, como si supiera lo que dice. La verdad es que se percibe lo contrario. Ha sido un frecuente colaborador de la colección de torpezas dichas desde un micrófono presidencial. (Mi favorita, quizás por ser abogado, es la del Derecho Penal que no persigue delincuentes). Pareciera que los más altos poderes encontraron en Morales al más dócil ejecutor de sus peores ataques contra el interés general. Al fin, quién mejor que alguien que quizá ni entienda la dimensión del libreto que ejecuta.

La semana pasada, una vez más, el Gobierno de Guatemala lanzó una posición contraria al interés de los guatemaltecos. Con plástica parafernalia se montó tarima para justificar la expulsión de la Cicig, amparándose en las injusticias que se priorizan en su mente. Para el sufrimiento de un niño migrante escogieron al hijo de los Bitkov; y para un muchacho violentado, el joven Zimeri. Seguramente se les olvidó Filomena. Y otros, otras, que corrieron peor suerte: como Jakelin; como Felipe; como Claudia y otros más. Ante esto hay quienes tachan a Morales de ser un frío criminal. ¿Usted qué cree? ¿Será que en su último año le crece una pizca de consciencia? Difícil de imaginar. Con sus amigos de billete cerca, no creo que le interese saber cómo siguió la niña de la montaña. O si los dos quintales de maíz alcanzarán para el resto de la temporada.