Fundamentos
Gané al tatetí
A veces nos vanagloriamos de éxitos que son realmente poco relevantes o de escaso mérito.
Uno de los humoristas que definieron a toda una generación fue el argentino Quino. Con un personaje universal como Mafalda, ícono de la niñez precoz viviendo en un ambiente político complicado, este dibujante se permitió hacer crítica de los regímenes de la época, de los sistemas totalitarios y de las condiciones económicas y culturales de una sociedad en pleno cambio. Por sus tiras cómicas desfilaron personajes de la vida política, líderes mundiales, instituciones globales e incluso músicos populares a quienes les dedicó, por turnos y sin respiro, siempre un comentario mordaz. A pesar de estar situado en una época determinada, hoy sus sátiras siguen siendo de mucha actualidad. Los personajes pueden cambiar, pero las conductas y los aspectos que determinan la condición humana, no.
En vez de repartir culpas y responsabilidades los políticos deben mostrar su compromiso con ideas claras, un liderazgo aglutinador y una visión de transformación para el país.
En una de las tiras cómicas, Manolito, el tosco y muy afanado amigo de Mafalda, presume con gran orgullo y satisfacción a todo el mundo que ha ganado una partida de tatetí, un popular juego de mesa de colocación de fichas. Lo que nadie sabe, y nosotros mismos nos terminamos de enterar hasta el último cuadro de la viñeta, es que Manolito efectivamente ha vencido, pero lo ha hecho frente a Guille, el hermano bebé de Mafalda. Es decir, ha ganado, pero lo ha hecho contra quien no tenía la menor oportunidad. La ironía de la tira nos recuerda que a veces nos vanagloriamos de éxitos que son realmente poco relevantes o de escaso mérito.
Este fenómeno lo vemos, por ejemplo, con el caso de nuestra selección de futbol, que orillada a tener que jugar a nivel de las pequeñas islas del caribe, nos da satisfacciones parciales cuando ganamos esforzadamente un partido contra equipos que pertenecen a un estándar menor que el de nuestros propios vecinos de la zona. Sin duda que mientras más bajemos en el escalafón la oportunidad de ganar se incrementa, pero será como vencer al tatetí. Habrá que hacer un esfuerzo mayor por regresar a los niveles competitivos de los que salimos hace mucho tiempo si queremos atribuirnos un verdadero buen resultado.
Esta reflexión quiero dirigirla ahora al estado de nuestra infraestructura. También aquí es importante que nos comparemos con lo que sucede en la región. Basta dar una vuelta por los aeropuertos del continente para caer en cuenta de que allí están pasando cosas grandes e importantes que acá no. A pesar de los esfuerzos por poner de nuevo en condiciones adecuadas a nuestra terminal aeroportuaria, está claro que esto es solamente un paliativo que nos deja siempre atrás de las grandes inversiones que se van a otros destinos. Mismo caso para lo que sucede en nuestros puertos.
Para hacer un cambio realmente sustancial y tener victorias que puedan ser motivo de orgullo para el país, no se requiere únicamente cambio en los marcos legales —que ya algunos han ocurrido, aunque imperfectos—, sino que se necesita de una voluntad política manifiesta, una serie de decisiones de política pública y una estrategia de país que convoque y movilice a los principales actores económicos. No podemos llegar muy lejos si los principales tomadores de decisiones o los políticos se terminan centrando en discursos de culpas y responsabilidades a otros sin mostrar su verdadero compromiso con ideas claras, un liderazgo aglutinador y una visión de transformación para el país.
Hoy, la mayoría de las grandes arquitecturas públicas son de la época de Jorge Ubico. Algunas otras datan del período de los presidentes-generales. Mostrarlas habla bien de otros tiempos. Quedarse solo con ellas es como jugar al tatetí con el bebé de la familia.