Aleph

Guatemala, Camus y la justicia asfixiada

Carolina Escobar

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Las mafias ilegales, de cuello blanco y corruptas han recuperado su paraíso perdido. ¿Cuáles podrían ser las acciones radicales de la ciudadanía contra-corrupción que hicieran retroceder a la dictadura guatemalteca corporativa que ha secuestrado al Estado, especialmente a sus instituciones de justicia? No hay respuestas fáciles a preguntas complejas.

Seguimos perdiendo oportunidades históricas. En 1996 pudimos levantar un país de verdad luego de la firma de los Acuerdos de paz; en los sucesivos gobiernos, la patronal puso y quitó presidentes, a cual más servil y corrupto, que llegaron a velar por los intereses sectoriales y corporativos; en el 2012, incluso, colocaron en la silla del guacamolón a un militar que —además— traía cola, a sabiendas de que esto representaba, no solo simbólicamente, un retroceso en el camino a la transparencia, la justicia y la democracia. En el 2016, muchos no queríamos elecciones en aquellas condiciones, porque medio imaginábamos de qué tamaño era la daga que daría la estocada final a la intención de construir otra Guatemala. Y los dos últimos presidentes, ni quién lo niegue, se dedicaron a poner tierra sobre la tumba de la democracia.

Hoy, en medio de un proceso pestilente de elección de Fiscal General y de una desbandada de fiscales en el MP, se ha dibujado en blanco y negro la recomposición de estas estructuras criminales que ya perdieron cualquier rastro de vergüenza. Tener de su lado el poder judicial, económico, militar, religioso-fundamentalista y político les ofrece la posibilidad de intentar desactivar, sin miramiento alguno, incluso la bomba que reventó en las alturas del poder ejecutivo y judicial recientemente, según lo describen el reportaje de El Faro y, simultáneamente, la investigación de CNN. Ahora que ya no hay secretos, la rosca mafiosa montó sus barricadas en las instituciones del legislativo, ejecutivo y judicial, y hasta en las autónomas como la Usac, para que la ciudadanía no pase, no cuestione, no hable. A esto le sirve bien un Ministerio de Educación que ha devuelto al país a indicadores de una crasa ignorancia que nos reventará en poco tiempo en la cara, además de una economía de sobrevivencia que le pone a mucha gente un zíper en la boca.

Hoy, además, los corruptos están persiguiendo a todas aquellas personas, sobre todo abogados, jueces y fiscales que han buscado justicia y verdad en casos de corrupción. Y asfixian con mano más fuerte a mujeres como Leily Santizo (ex Cicig) y Siomara Sosa (ex fiscal), porque eso es lo “normal” en esta sociedad. Todo lo anterior me recordó que no podemos resignarnos a lo que sea sin tomar consciencia y eso me llevó a Camus y su obra El hombre rebelde. Aquí algunas líneas que parecen estar tan vigentes hoy, como cuando él las escribió en 1951.

“Queda, así, anunciado el verdadero drama del pensamiento en rebeldía. Para ser, el hombre (y la mujer/nota mía) deben rebelarse, pero su rebeldía ha de respetar el límite que descubre en sí misma y en que los hombres, al unirse, empiezan a ser. El pensamiento en rebeldía no puede, pues, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Siguiéndola en sus obras y en sus actos tendremos que decir, cada vez, si permanece fiel a su nobleza primera o si, por lasitud o locura, la olvida por el contrario en una embriaguez de tiranía o de servidumbre.

Por de pronto, he aquí el primer progreso que el espíritu de rebeldía hace efectuar a una reflexión primero penetrada de lo absurdo y de la aparente esterilidad del mundo. (…) A partir del movimiento de la rebeldía cobra conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos.(…) En la prueba cotidiana que es la nuestra, la rebeldía representa el mismo papel que el cogito en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lugar común que funda en todos los hombres el primer valor. Me rebelo, luego existimos.”