Sin fronteras

Guatemala en el olimpo

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Algo especial tienen los Juegos Olímpicos que sacuden emociones, avivan reflexiones, y —como ningún otro evento— inspiran, motivan a cada país, en una justa que se da tan solo a cada cuatro años. ¿Cómo no inspirarse al ver el cuerpo humano elevado a ese máximo esplendor, que encima, se supera a sí mismo cada Olimpiada? ¿Cómo no emocionarse de que sea un paisano el que está ahí montado? Hasta arriba, en esa diminuta cúspide de excelencia global. Y da vueltas la cabeza. Se activan pensamientos, se reflexiona: porqué al país propio le va de una u otra manera en un escenario que, al fin de cuentas, es el magno marco de comparación internacional. Uno se motiva con lo ajeno, por pertenecer a una especie. La arrasadora potencia de Bolt, que corrió a 37 kilómetros por hora; o la perfección de la rumana Comaneci, que alcanzó en Montreal 76 la primera marca perfecta en gimnasia olímpica. Más ahora con lo propio, ver a los patojos competir contra toda la adversidad en esa justa mundial, rebalsa la templanza. Es hermoso.

Estos Olímpicos me agarran lejos. En país ajeno, la conexión con el terruño se vuelve intensa. Este viernes, día extraordinario para nuestro deporte, me tocó ver desde un carro los eventos en la pantallita del celular. Y ahí mis ojos colapsaron, llenándose de lágrimas, en conexión con un país y con Kevin Cordón, que atrapó un lugar entre los últimos 4 que disputarán tres medallas: Un danés; un chino; un taiwanés; y el de Zacapa. La proeza del nacional va más allá de superar nuestro subdesarrollo para competir contra gigantes. Para mí, es fabuloso que él practica un deporte que ni siquiera es popular de este lado del planeta. Siendo que bádminton no se entrena en solitario, me abruma pensar cómo este hombre logró colocarse ahí, entre quienes nacieron y crecieron en la cultura de ese juego. En ciudades donde es común encontrar canchas de bádminton en los parques, en los barrios. Con razón sus gritos de éxtasis. Con razón las lágrimas. Las suyas, y las de toda una nación que lo acompaña.

Una veintena de deportistas nos representan en Tokio. Pero particularmente me conmovió el caso de Luis Grijalva, joven nacido en Guatemala, pero que llegó a EE.UU. a la edad de solo un año. Es uno de los llamados “dreamers”, a quienes su estatuto les protege de la deportación, pero no les permite una vida plena. Por ejemplo, reingresar si salen del territorio. Sin duda, todos los deportistas superan valladares para unos Olímpicos. Pero para este paisano con acento extranjero, pero de fisonomía familiar, el representarnos le significó vencer además las absurdas leyes migratorias, que yacen estáticas, toscas e inertes, en el camino de la felicidad de millones de humanos. Grijalva calificó para la carrera de 5 mil metros hace semanas. Pero no fue sino hasta esta, que un juez le dio permiso para reingresar después del viaje. En su caso, hay fiesta, pues los nobles valores del olimpismo superaron la nimiedad y la estupidez humana.

Qué regalo nos dan los atletas a esta Guatemala, tan necesitada de ejemplos de la máxima excelencia humana. Lo de Martínez, imposible de omitir, quedando a 0.35 segundos del bronce en natación. Gigante episodio para Centro América. Enorme, realmente, lo hecho por todos quienes llegaron ahí a pesar de su país, y no gracias a él. Un regalo de proeza, que por un momento nos regala el sentirnos como parte de una élite humana. Hermosa la ilusión de repetir nuestros momentos de gloria. Una peculiaridad que es propia solo de un país pequeño. Verán: Un Phelps podrá tener 28 medallas olímpicas; 21 de ellas de oro. Pero apuesto a que ninguna de ellas fue tan celebrada por su pueblo como el éxtasis que vivimos con Barrondo, aquella tarde en 2012. Hermosa ilusión, creo no equivocarme. Una nación entera los apoya, atletas. ¡Gracias por todo!