De mis notas

¿Hasta cuándo es cuándo para la educación?

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

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A dos años y pico de vivir bajo el azote de la pandemia, nos queda un olor a maldición apocalíptica y el desaliento por que esto no se acaba; que el horizonte final está muy lejos; que no hay final del túnel; porque el túnel se vuelve cada día más largo y no salimos de él.

Cada semáforo en rojo, designado por entes institucionales amorfos, invisibles, que comunican en jerigonzas ininteligibles datos, números y comunicados; una serie errática de informaciones —muchas de ellas contradictorias, producto de elucubraciones hechas por segundos y terceros, sin ninguna explicación razonable ni científica— solo abona a vivir en una continua zozobra.

Dicen que el número de contagiados va en aumento en tal o cual municipio; por lo tanto, semáforo rojo. Escuelas, colegios y universidades clausuradas, hasta nueva orden. Sale un semáforo verde o naranja; los colegios y universidades preparan estrictos protocolos; convocan a docentes; generan sistemas presenciales; comunican a los padres y estudiantes; y, un día antes, sale el semáforo en rojo. Borrón y cuenta nueva; como si fuera un cartón de bingo.

Los estragos después de estos casi dos años se ven a flor de piel: niños con poco desarrollo educativo y traumados por la falta de socialización; padres desesperados de jugar el papel de asistentes de maestros de la educación virtual, además de todo el peso de la carga laboral.

Esa es la realidad en las capas medias chapinas; apenas un pequeño porcentaje demográfico de la población del país. Otra realidad de la educación pública de la Guatemala de adentro, donde se juegan los efectos de la pandemia, dignos de ser registrados por la historia.

Nuestro sistema público de educación no está capacitado para la enseñanza a distancia. Se enfrenta a limitaciones propias del segmento más pobre de Guatemala, que apenas tiene para comer; mucho menos para comprar internet.

Una investigación realizada por Harvard demostró que sólo 4 de cada 10 maestros habían recibido algún tipo de desarrollo profesional relacionado con las tecnologías de la información y la comunicación (TICS). El Mineduc, al principio de la pandemia, ofreció herramientas de capacitación en su sitio web “Aprendo en Casa”; sin embargo, pocos de los directores entrevistados habían explorado el sitio, y solo 3 de cada 10 de los maestros se consideraban capaces de integrar recursos digitales en sus planes de estudio.

Otro gran valladar que enfrenta nuestro sistema educativo es la calificación de los docentes guatemaltecos los cuales están entre los más bajos de Latinoamérica. Si a esto se le agrega que la mayoría de las escuelas están en muy malas condiciones, sin biblioteca, internet y, en muchos casos, ni agua para los baños. El horizonte es negro.

Coinciden con un número creciente de padres de familia y asociaciones de colegios, que están demandando volver a clases sin ninguna restricción, señalando que las prohibiciones para municipios en rojo van en detrimento de la educación; no solucionan el problema de fondo; causan severos traumas, deserciones y pérdidas económicas.

Dos años es mucho tiempo. Hemos aprendido a convivir con el bicho. Una gran cantidad de guatemaltecos se han contagiado y sobrevivido. La pandemia es un fenómeno multicausal, mutante y permanente. Seguirá con nosotros por mucho tiempo.

Ayer lunes, un día después de haber terminado de escribir esta columna; en forma sorpresiva, el Gobierno emitió un comunicado en el cual modifican los lineamientos para colegios. Ahora, aunque en rojo, las actividades presenciales serán voluntarias y bajo la responsabilidad de los directores y padres de familia.
Han pasado dos años para descubrir el agua azucarada…