Sin fronteras

Hizo falta cabeza. Dinero, ya hubo

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A veces, hablo conmigo mismo cuando conduzco en el carro. Así, monté en conversación solitaria cuando venía de regreso, tras un viaje impostergable a un cantón en Nebaj. Notificar a un señor de una audiencia migratoria sobre su hijo, fue tarea que no pudo esperar. Con careta en la cara, y variedad de mascarillas y líquidos protectores para cada situación, bajando venía las hermosas montañas del Quiché, cuando me topé con una imagen visual que remató un tema en el que he venido pensando. Los pensamientos que se acumulan al pasar frente a tanto emprendimiento individual que es producto evidente de remesas internacionales. Las imágenes gritan, una y otra vez, que pudimos haber hecho más con esa plata. Que podemos hacerlo. Las experiencias de lo que uno ve en lugares lejanos van llenando el saco de mil ideas. Y la tienda “La Frontera”, con sus paredes verde pueblo, y sus rótulos de aguas gaseosas dibujadas por artesano pintor, fue el agente final que disparó un llamado que creo urgente.

Entre Nebaj y Cunén, a la orilla de la carretera, la tienda La Frontera es la cara viva del “sueño americano”. Lo tiene todo para entender ese sueño. De mampostería, sus paredes son vistas por todos los vecinos. Un auténtico monumento a un éxito envidiable. De quien se va al norte y supera su pobreza. Un arquitecto en Twitter que vio mi fotografía remarcó sobre la iconografía y semiótica de las que está cargada la imagen. Iconografía: Imágenes y representaciones plásticas que versan sobre un tema. Semiótica: Interpretación. El significado de los signos, más allá del signo en sí. El nombre, lo evidente. Solo faltó que la nombrara “El Coyote”, en honor a quien lo condujo hacia allá. Las estrellas, un poco menos notorio. Pero para mí está claro que la estrella estilo “Texas” que lucen muchas fachadas rurales, es ahora un símbolo de dónde se produjo el dinero. He discutido esto con un par de escépticos conocedores. Pero no veo dónde perderse. Solo falta que las pinten de blanco, rojo y azul.

Las remesas familiares despiertan varios prejuicios. Uno de ellos es que se destinan de forma exclusiva para el consumo. Y aunque su alto consumo no se puede negar, es importante evitar que tanta inversión y emprendimiento individual pasen desapercibidos. ¿Cuántas tiendas en Guatemala llevan ese nombre simbólico de La Frontera? ¿Cuántas ferreterías? ¿Cuántos restaurantes y hoteles? Vaya usted al último pueblo en occidente, y se sorprenderá con la penetración de la infraestructura hotelera, muchas veces en remotas aldeas, donde uno nunca imaginó. Hable con los dueños y verá la recurrencia del caso: un emprendedor ilusionado que viajó a la tierra de sueños, hizo la plata y regresó a hacer lo que un día, en solitario, y sin guía, soñó. Eso, sin mencionar la inversión en la infraestructura de vivienda.

Pero fíjese usted en esto que es dramático, pues calculo que en 2 o 3 meses llegaremos a una marca que invita a una profunda reflexión. En 2020, alcanzaremos US$100 mil millones de remesas recibidas durante el siglo XXI. Casi ocho millardos de quetzales que ingresaron casi en su totalidad a bolsillos de la población de lugares donde el capital una vez fue impensable. En esos 20 años, el país no ha hecho siquiera un solo esfuerzo por transformar esos esfuerzos individuales en un modelo de desarrollo. Así, los vecinos, en vez de beneficiarse de la plata que llegó, la codician. Y se genera un círculo vicioso, improbable de romper. Me venía platicando en el carro sobre eso. Que en los próximos meses estaré pensando más en esos US$100 millardos. Qué se pudo hacer con ellos, si les hubiéramos puesto cabeza. Y aún más: ¿Qué podríamos hacer con los siguientes US$100 millardos, si es que aún tenemos esa segunda oportunidad?