La buena noticia

¡Hossana!

Víctor Palma amons.esc@gmail.com

Con la aclamación “Hossana” Jesús de Nazareth entra mañana en la capital de Judá, en la Jerusalén davídica que, sin embargo, “mata a los profetas, y apedrea a quienes le son enviados” (cf. Mt 23, 37).

En sí misma, la aclamación Hossana no es tanto un grito triunfal, sino una invocación de ayuda: del imperativo hebreo “hossé” o “ayúdanos, sálvanos”, y la partícula enfática “náh” “pues”, y resume el reclamo al Mesías esperado: aquel pueblo, confundido en su fe, tratado duramente por sus propias autoridades civiles y religiosas y degradado por la ocupación romana, pone sus esperanzas en este sencillo profeta del Norte. No es el primero que llega a “postularse” para rey de Israel: le preceden y sucederán muchos que buscarán captar las aspiraciones de salvación del pueblo elegido.

Este en cambio, viene revestido de sencillez, pero son signos de realeza: entra sobre un burrito casi “requisado” a su dueño —que será devuelto— sobre el nadie ha montado antes, cumpliendo la profecía de Jacob a Judá: el futuro salvador a quien los pueblos deben obedecer, “atará su burrito a la vid” (Gen 49,11). Los signos de realeza siguen: “le ayudan a montar al burrito” como manda David para Salomón su heredero en 1 Re 1,33: “Que monten a mi hijo sobre mi mula”. También el poner los mantos sobre el camino del que pasa es un signo de reconocimiento (2Re 9,13), lo que contagia el entusiasmo del pueblo que, por todo ello, no solo aclama con alegría, sino reclama con esperanza con el “Hossana”, usado por los sacerdotes para pedir la lluvia en tiempos de sequía, reclamando el paso a la alegría del don esperado del cielo.

A todo ello agrega el pueblo: “Bendito el que viene en el nombre del Señor” palabras tomadas del Salmo 118 con sentido de esperanza en el Salvador. Un cuadro intenso al que se agrega que “los niños hacía la procesión de entrada” —entiéndase también los jóvenes, como lo indica papa Francisco en su Exhortación “Cristo Vive” de marzo pasado—. Y es que a un rey humilde, corresponde una recepción humilde: hay que hacerse como niños (Mc 10, 13ss) para poder recibirlo, pues se presentará siempre humilde, como en la Eucaristía, en un “pequeño pan” (Papa Benedicto XVI en “Jesús de Nazareth” t.1). El Mesías verdadero escapa de la vanidad, de las promesas grandiosas pero destinadas a causar desilusión.

Cierto, los que le aclaman con los Ramos pedirán su muerte el Viernes Santo con aquel otro imperativo griego stauróson autón “ponlo en una cruz” (Mc 15, 13-15) dirigida a un político sin moral que a pesar de la inocencia del Cristo “se lava las manos” (Mt 27,24). Una fecha, la de mañana gozosa y “de advertencia”: cuando no hay amor a la verdad, cuando no hay corazones sencillos, cuando al final se suplica con “hossanas” lo que interesa y no lo debido, el pueblo que aclama a su rey se convierte en plebe cómplice de toda injusticia fatal.

Que la Semana Mayor provoque “reflexiones mayores” no solo sobre la idoneidad de los posibles “salvadores”, sino sobre el sentido moral con que se los elige, aclama y vota. El verdadero Mesías, desde su cruz victoriosa, bendiga y salve a Guatemala.