Rincón de Petul
Índice de presión migratoria
Navegar por este problema sin los datos necesarios puede provocar un choque inesperado futuro.
Este artículo parte de dos certezas: La primera, que Guatemala es un país expulsor de migración internacional; y la segunda, que existen factores externos que provocan que el deseo o la necesidad de abandonar el país se convierta en algo más colectivo y menos individual. Una cosa es una familia peregrina por motivos personales. Y otra, una comunidad arrasada por una afectación generalizada, que es expulsada colectivamente. Esto está asociado a lo que llamamos factores de expulsión, como la economía, el desempleo; la violencia, la falta de servicios públicos de calidad, la fragilidad política y el clima.
Confundimos una frontera cerrada con un país del que no está saliendo tanta gente.
Si aceptamos las premisas anteriores, debiéramos también reconocer una más. Que si esos factores son medibles en su individualidad, también pueden ponderarse en su conjunto para determinar algo concreto: Qué tanta presión externa tiene la población -o las poblaciones particulares- para dejar su tierra, en un momento determinado. No hablamos aquí de medir la intención. Eso se logra con una encuesta. En cambio, medir los factores que la historia nos ha enseñado que provocan la inminencia del viaje hacia el norte.
En Guatemala, la conversación migratoria se ve empujada a caer en generalizaciones. Una de ellas es pensar en nuestro flujo hacia el norte como si fuera una línea recta. Ascendente, pero recta. Lo que hemos visto, en cambio, es que a esa línea constante se le superpone, además, una serie de olas agudas, provocadas por los factores mencionados. Estos son medibles, y entre han estado la tragedia económica vivida tras la pandemia del COVID, las grandes sequías e inundaciones de años pasados, el desamparo político por gobiernos antidemocráticos, y desastres naturales, como las tormentas Eta e Iota; el Mitch y el Stan.
Hoy creemos vivir un momento de bajo movimiento migratorio hacia Estados Unidos. Y si nos vamos por el número de encuentros irregulares en frontera, que cayeron un 85% en el primer año de Trump, podríamos aventarnos a decir que sí: Las estrategias represivas de la Casa Blanca contra los extranjeros irregulares han sido efectivas. El problema es que eso solo lee quién se fue, y no cuánta presión hay que empuje a la gente a irse.
En materia política y social, los índices existen para volver fenómenos complejos en cifras de observación. Con ellos, se toman decisiones, se anticipan los problemas. Hay índices para medir el desarrollo humano, la competitividad y otros. Incluso, en esta materia, PNUD tiene uno que mide la actividad migratoria. Pero un Índice de Presión Migratoria permitiría ver más allá de los números en frontera y las deportaciones. Observaría las condiciones que vuelven al país una incubadera, antes de que siquiera la gente tome la decisión de irse. En la fórmula podrían incluirse las variables de los factores de expulsión mencionados y, por ahí, incluso sumarle otros del país destino. Sumar a la ecuación los factores de atracción. Es un trabajo interesante para economistas, demógrafos, estadísticos, los estudiosos de la migración y estudiantes. Al INE, SEGEPLAN, OIM o el mismo PNUD, les dejo aquí una idea. Sé que no vivimos una utopía. Que los problemas de la sociedad son inmensos, y que la confianza en el futuro es muy complicada. Pero tengo una intuición. Creo que esas olas, esos picos, han crecido en momentos pasados cuando los factores estaban más críticos que ahora. Y sabemos que esas situaciones pueden regresar. Navegar por este problema sin los datos necesarios puede provocar un choque inesperado futuro. Tal vez solo porque confundimos una frontera cerrada con un país del que no está saliendo tanta gente.