Rincón de Petul

Indigenismo, credo de hogar

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Las ciencias sociales fueron un credo de hogar. Rodeados de un ambiente que se da poco al humanismo, la nuestra habrá sido vista un poco como una casa diferente. Contrario a las vecindades, teníamos un par de carritos destartalados. El afán no iba ahí, sino por lo que crecía adentro. Aún recuerdo cómo iba a encontrar a papá cuando regresaba de su jornada diaria. Semanalmente se aparecía con una pila entre las manos de libros recién comprados. Esta no es narración cimentada en prueba dura, pero quedó la impresión de que las únicas veces en que no se aparecía con libros es porque llevaba filas de discos nuevos. Crecían y crecían majestuosas colecciones de libros y música clásica. Esa es y fue la pasión de papá. Y la pasión de mamá era él, con sus visiones intelectualmente finas; culturalmente universales; políticamente conscientes. Cuando mi hermana creció, sumó y se sumó de lleno a ese mundo. Las conversaciones de sobremesa no eran cosa liviana.

En casa me tocó lo que no busqué durante una inmadura adolescencia: escuchar discusiones reflexivas, desde perspectivas sociales, sobre nuestro país. Así, en simultáneo, tuve dos mundos antagónicos. Uno, el de papá, que recién presentaba su tesis en Europa sobre etnia y clase social en Mesoamérica. Y el otro, uno banal e intrascendente, en el colegio, con los amigos, donde no hubo pláticas inteligentes que hoy pueda recordar. Generaciones embebidas en futilidades, bajo el aura de la invasión cultural gringa de las postrimerías de la Guerra Fría. Sus marcas, la añoranza. Su política, idealizada. Desvalorizada la identidad propia, alienados por la “Cable TV”. Se admiraban bobadas de películas. Balazos y bofetadas de Chuck Norris y Stallone, en contra de los comunistas. Seguramente yo escondí bien algún interés por compartir alguna discusión escuchada en casa. Por pertenecer, uno necesita adaptarse. De los dos, en fin, ese era el mundo hegemónico.

Una plática constante en casa era sobre etnicidad. Sobre nuestras patentes diversidades; sobre nuestro territorio multiétnico y pluricultural, y sobre cómo reconocerlo es tan necesario como el reconocer la existencia del aire mismo. En ese momento, las charlas venían entintadas por los retos y obstáculos que vivían los movimientos indígenas por ser incluidos en el proyecto de nación que se trazaba en la Asamblea Constituyente, y luego, para los acuerdos de paz. La otra cara de la moneda, viva, se veía más esparcida, expresada en lo que los compañeros escolares escuchaban en casa. Racismo, puro y duro, en sus crudas expresiones, que se escuchaban con funesta abundancia: pensamientos primitivos, reducidos a que “el indio es el problema”, o que “mejor deberían matarlos a todos”, con tal de no plantearnos la inclusión; o la lamentación “de que los españoles no hubieran aniquilado a los pueblos originarios, como sí se lo habrían hecho en otros lados”.

El presidente recién regresó a discursos aniquiladores de las culturas milenarias que viven en nuestros amplios y diversos territorios. Lo ha hecho con el fin político de enconcharse contra influencias universales más modernas, apelando al racismo. Seguramente apelando a que usted, ciudadano, aún comparta visiones anacrónicas. No soy docto en la materia, pero quisiera pensar que hoy en Guatemala crecen más generaciones que miran el racismo como un cáncer. Y creo que, con el éxodo de los pueblos originarios hacia países más democráticos, veremos nuevamente que la idea de seres inferiores es una abominación. La migración muestra el éxito, independientemente de la pertenencia, cuando hay acceso a recursos de desarrollo. Tenemos un camino hacia la modernidad y en ese no caben los políticos que ofenden, por trabajo y diversión. Nos hacen retroceder. Viven otro mundo. Uno donde dudo que las ciencias sociales hayan sido credo en su hogar.