De mis notas

Kabul kaput

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Nunca como ahora, en la historia de la guerra de los insurgentes islámicos, ha habido más celebración y jolgorio, desde que se dio el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. Lo celebran en Irán, Yemen, Siria, Somalia y hasta en Pakistán -aunque sea un supuesto aliado de EE. UU.-, y el país desde el cual la mayor parte de la planificación de la invasión se llevó a cabo en los campamentos talibanes, con el pleno conocimiento de las agencias de inteligencia de ambos países.

El golpe está dado. El supuesto David aniquiló al Goliat con un simbólico guijarro representado en la dispersa, pero intrincada telaraña tejida por los grupos de yihadistas/talibanes guerreros y sus acólitos extremistas alrededor del mundo. De cómo la superpotencia fue sacada en forma humillante es una historia que quedará grabada para “estudio de caso” geopolítico. La mezcla de intereses geopolíticos, ideológicos, económicos, acabará, sin duda, abriendo investigaciones, delatando la degradación de la política externa estadounidense, tan comprometida y permeada de intereses, tanto políticos como económicos, en esa región como en otras del mundo.

Y es que hay muchos intereses. Un estudio de la Universidad Brown en el 2019, que ha analizado el gasto de la guerra, tanto en Afganistán como Pakistán, indica que “EE. UU. gastó del 2001-2020, unos US$978.000” millones. Estados Unidos tiene el 37% de la cuota del mercado de exportaciones de armas desde el 2016-2020. Las 5 empresas con mayores ingresos por armas y servicios militares: Lockhead Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon y General Dynamics; juntos, vendieron US$141,350 millones en el 2019.

Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri), solo para el 2020, el costo militar de Estados Unidos es de US$778,000 millones, el 3,8% del PIB. Estas cifras, evidentemente, deben tener una correlación con las burocracias de Capitol Hill, que han sobrevivido, durante las últimas 4 administraciones con sus intenciones y contradicciones en la implementación de las políticas en Afganistán; pero, especialmente, en Pakistán, un país con capacidades nucleares, en el cual se les ha permitido a los líderes talibanes tener su sede. En otras palabras, no solo están en ese país, sino perviven dentro de la calidez hospitalaria del servicio de Inteligencia de Pakistán (ISI), especialmente desde que se dieron las ingenuas negociaciones de Trump con los talibanes.

Por esta razón es que no tiene credibilidad alguna negar que las agencias de inteligencia no estaban al tanto de la debacle. La conclusión es que los EE. UU. deseaban este desenlace. Podrían haber evitado muchas acciones estratégicas, como destruir el valioso armamento de última generación, que en los primeros días comenzaron a sacar hacia Irán, Siria y Pakistán. ¿Los satélites no los tenían a la vista…? Los generales del Pentágono y las agencias de inteligencia podrían haber ejercido presión con el músculo político que tienen cuando existen peligros que amenazan la seguridad de los EE. UU.

El desenlace anterior está generando posibles acciones de antejuicios y comisiones de investigación. La pérdida de credibilidad con los aliados es inmensa. El descontrol para la evacuación de personal y aliados afganos, entre atentados suicidas, causando la muerte de 14 soldados y 73 personas, fue la gota que derramó el vaso. De este lado del río también se toma nota que se están canalizando fondos de la AID a grupos como Codeca y otros, que no comulgan con los ideales republicanos, sino se decantan por ese término amorfo y vago de la “plurinacionalidad”.

Y en Chile, ya hay muchos arrepentidos…