Nota bene

La centralidad de la persona humana

Algunas observaciones sobre “Magnifica Humanitas“.

Confieso que, a primera vista, me generó ruido la encíclica Magnifica humanitas publicada por el papa León XIV el 15 de mayo. Creí entender que el pontífice solicitaba a los gobiernos regular al Big Tech, es decir, a las grandes corporaciones tecnológicas que desarrollan la inteligencia artificial (IA) y otros avances técnicos, partiendo de las premisas de que los gobernantes poseen un sincero afán por servir el bien común y el conocimiento suficiente para fijar límites prudentes. Sentí que concede al Gobierno un rol tutelar, una obligación a protegernos hasta de nosotros mismos. Además, el texto parece cuestionar la lógica y neutralidad de los mercados. Sostiene que la tecnología y la globalización imposibilitan el funcionamiento de la “mano invisible” descrita por Adam Smith. Supongo que el temor a que la humanidad caiga bajo el dominio de unas pocas personas, que concentran el poder tecnológico y económico, alimenta la sensación de que ha fallado tal mano invisible.


La segunda lectura me cambió mi perspectiva. Me propuse analizar cada mención de la palabra libertad. Capté entonces a un autor amante de la libertad personal. Insiste en que la sociedad debe organizarse para potenciar a la persona humana. León XIV nos recuerda qué somos y para qué fuimos creados. Solo así podemos relacionarnos adecuadamente con la tecnología (las máquinas).


La encíclica es una clase de antropología cristiana, y es cristocéntrica. Escribe el papa que somos seres magníficos y trascendentes porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Nuestra humanidad es “plenamente libre” y “capaz de construir relaciones solidarias y preciosas”, porque Dios Hijo, quien se encarnó, murió y resucitó por nosotros, nos convirtió en hermanos suyos, e “hijos de un mismo Padre”. Fuimos creados “para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación”. Dios-Amor se da a sí mismo y reduce así la distancia infinita entre nuestra existencia y la Suya. Encontramos la verdadera libertad en esa relación amorosa con Dios.

La encíclica es una clase de antropología cristiana, y es cristocéntrica.


Somos trascendentes y, al mismo tiempo, seres limitados. Las personas no somos omniscientes, omnicompetentes, ni autosuficientes. Nos enfermamos. Envejecemos. Sufrimos. Pecamos. Desarrollamos vicios y adicciones, incluyendo contenidos en redes, que nos hacen menos libres. No obstante, con empeño y responsabilidad, florecemos. Hemos de evitar la tentación de endiosarnos, por un lado, y de animalizarnos, por el otro, considerándonos meros seres materiales, objetos, prescindibles o subyugables. Un cíborg o una creación transhumanista no es más ni mejor que una persona. Y la tecnología está para servir a la humanidad.


El uso y los límites de la tecnología deben ser determinados por la inteligencia humana, “con su conciencia y su libertad”, desde la verdad. Es lo nuestro buscar la verdad, pero en el presente es común escuchar que esta ya no existe, o que se encuentra únicamente en el plano material. También es real la obra invisible de Dios. Él sigue caminando con nosotros, y espera que sus criaturas transformemos nuestro entorno, con base en los principios cristianos y respetando la dignidad y centralidad de cada individuo.


El respeto a cada criatura racional y libre, dotada de infinita dignidad, es el mejor y único punto de partida para organizar la vida social, económica y política. Las instituciones asociadas con una economía libre y el Estado de derecho parten de la centralidad de esta persona, y crean las condiciones necesarias para que desarrolle su potencial integral.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).