Con nombre propio

La cleptocracia los junta

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

Encontramos un libro de Jenaro Villamil titulado Cleptocracia, el nuevo modelo de corrupción, si bien está inspirado en el andamiaje político mexicano, las similitudes son enormes con nuestra situación. Basta leer la introducción, donde el autor distingue la “mafia del poder” de la “cleptocracia” así: “La “mafia en el poder” no es un grupo de individuos, empresas o partidos que se apropian del sistema político y necesitan ser expulsados o relevados. La “mafia en el poder” es el sistema.

Participar bajo sus reglas implica, de una u otra manera, contemporizar con ella. No es asunto de “buenos” contra “malos”, es un problema de estructura, de arquitectura, de un sistema que solo se sostiene bajo cimientos endebles. Un cáncer que ha invadido todo el cuerpo político e institucional. Corroe, corrompe, debilita cualquier anticuerpo democrático… a diferencia de la “mafia del poder” el término cleptocracia define una dinámica distinta: es la institucionalización del robo. La “mafia del poder” es descriptiva; la cleptocracia, prescriptiva. La “mafia del poder” captura al Estado; la cleptocracia se vuelve el Estado. la cleptocracia, a diferencia de la mafia, transforma lo que son bienes públicos en bienes privados —discontinuos, aleatorios e inestables—… la corrupción es la cleptocracia, no es la excepción, es la regla, y no es una práctica ajena a la institucionalidad sino el hecho que explica su funcionamiento”.

El sistema necesita funcionar y muchos miembros de nuestra clase política son el mejor ejemplo de la defensa de esta forma de gestión. Es fácil hablar de “políticos corruptos”, pero tras estos personajes hay fuertes grupos de poder con apoyo, plata, tiempo, pero sobre todo el empuje necesario, para haber institucionalizado la corrupción como la forma de gestión estatal. Por eso es que el autor comenta: “La cleptocracia se instala cuando se destruyen los cimientos institucionales y coincide con un proceso de captura del Estado (no solo de gobierno, de algunos sectores políticos o de instituciones aisladas, sino de todo el Estado) por parte de las élites que se sienten doblemente amenazadas si las desplazan del poder”.

Ahora se tilda de corrupto a un candidato y a otro. Esas descalificaciones son fáciles de hacer, pero callamos frente a los grandes grupos de poder formados para fomentar y proteger este clima de cosas. Veamos dos ejemplos: la planilla presidencial del partido oficial FCN Nación son dos impresentables, su compromiso democrático nulo, sus virtudes republicanas inexistentes y sus alcances constitucionales perdidos, pero encaran de excelente forma los postulados de este gobierno, el cual ha sido defendido por conocidos dirigentes empresariales y líderes sindicales. Ambos candidatos jugaron un papel para combatir la lucha contra la corrupción y la reforma constitucional, fueron útiles y la dupla fue aplaudida por grupos académicos que no quieren, ni por asomo, perder sus cheques en blanco en las comisiones de postulación cuando se propuso su eliminación constitucional. Un poco de coherencia no caería mal.

Sandra Torres juega con el sistema judicial, consigue protecciones absurdas de parte de magistrados y es evidente que la fiscal general, el contralor y la Corte Suprema han sido sus mejores acólitos; sin embargo, grupos fuertes de presión apoyan a la fiscal general cuando juega con tiempos políticos y dedicatorias directas, así como a una Corte Suprema refrendadora de los dictados del Ejecutivo. Es fácil ver campañas contra la UNE, pero en realidad la gestión de la UNE los une, no hay más que hipocresía.

Criticar a FCN o la UNE es fácil, a Todos, que hace hasta lo imposible para aparecer en la foto es sencillo, pero si no entendemos que no son más que comodines de los grandes grupos cada cuatro años será lo mismo, pero con otros nombres.