La buena noticia
La dignidad no es negociable
Los contextos y las formas pueden cambiar, pero no los mecanismos que permiten que algunas vidas sigan siendo tratadas como descartables.
Josefina Bakhita fue vendida siendo niña y trasladada de un lugar a otro como si fuera un objeto. Durante años, su vida quedó atrapada en un sistema que normalizaba la violencia y negaba la dignidad humana. Mucho tiempo después, ya libre, su historia no se convirtió en un alegato, sino en un testimonio elocuente de lo que ocurre cuando una persona deja de ser mercancía y vuelve a ser reconocida como tal. Los contextos y las formas pueden cambiar, pero no los mecanismos que permiten que algunas vidas sigan siendo tratadas como descartables.
La indiferencia, advierte el Papa, no es neutral; termina siendo una forma de complicidad.
Resulta significativo que el Evangelio que se proclama el domingo —Mateo 5, 13-16— insista en que la luz no se enciende para esconderse ni la sal sirve cuando pierde su sabor. Jesús no propone una espiritualidad intimista ni una ética decorativa. Habla de visibilidad, de coherencia y de responsabilidad pública. Cuando la dignidad humana es negada o relativizada, la oscuridad termina siendo parte del sistema.
En ese mismo horizonte se sitúa la XII Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, que se celebra el 8 de febrero con el lema: “La paz comienza con la dignidad”. En su mensaje para esta Jornada, el Papa León XIV establece una relación directa entre la paz y el modo en que una sociedad trata a las personas más vulnerables. No se trata solo de un problema criminal o de seguridad, sino de una herida moral: no puede haber paz allí donde el ser humano es reducido a mercancía. La indiferencia, advierte el Papa, no es neutral; termina siendo una forma de complicidad.
La trata de personas es un fenómeno que prospera en la sombra. Necesita silencio social, normalización del abuso y entornos digitales que facilitan el anonimato y la captación de víctimas. Ahí el Evangelio actúa como criterio de juicio: una sociedad que acepta zonas de oscuridad erosiona el bien común. La paz no sobrevive donde la dignidad se vuelve negociable.
Guatemala no es ajena a esta realidad. Los datos disponibles indican que el país es origen, tránsito y destino de trata de personas, especialmente para explotación sexual y laboral, con un impacto desproporcionado en mujeres, niñas y personas migrantes. Existe, además, una brecha persistente entre las investigaciones iniciadas y las condenas efectivas, lo que revela debilidades institucionales y una impunidad que alimenta el problema. Los hechos obligan a reconocer que la trata no es un fenómeno marginal ni lejano.
Desde la doctrina social de la Iglesia, esta realidad toca el núcleo mismo del bien común. No basta con estabilidad o crecimiento económico si se toleran prácticas que niegan la dignidad de la persona. Tratar al ser humano como recurso o mercancía socava el fundamento de la convivencia social. La antropología cristiana aporta una clave decisiva: la persona no es intercambiable ni descartable. Su valor no depende de su utilidad ni de su situación. Por eso, el combate contra la trata no es solo una cuestión de políticas públicas —necesarias y urgentes—, sino también de cultura, de conciencia social y de responsabilidad compartida.
En medio de este panorama, conviene reconocer también los signos de esperanza. En Guatemala y en otros países, comunidades cristianas y redes de acompañamiento trabajan de forma silenciosa con personas en situación de vulnerabilidad: previniendo, acompañando, escuchando. No ocupan titulares ni prometen soluciones, pero sostienen en lo cotidiano la dignidad humana. Ese contraste no es menor. La pregunta es directa: ¿queremos una sociedad donde la luz ilumine, o una que se acostumbra a las sombras que hacen posible lo injusto?