Al grano

La disposición de basura, como mentalidad

Eduardo Mayora Alvarado emayora@mayora-mayora.com

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Una de las paradojas más interesantes en el proceso de evolución hacia el Estado moderno es que muchas extensiones de tierra, infraestructuras y ríos navegables dejaron de ser de propiedad privada para pasar a ser propiedad pública de uso común. En el Antiguo Régimen, los señores feudales y los príncipes ejercían derechos de dominio sobre muchos de esos bienes y cargaban ciertas sumas de dinero por atravesarlos, navegarlos, circularlos, etcétera.

Con el Estado moderno surge una serie de espacios públicos, de infraestructuras públicas y de bienes públicos de uso común que, como tales, le dieron al ciudadano ordinario (que nace también con el Estado moderno) tanto la libertad bajo la ley como el acceso a la propiedad privada como un derecho subjetivo y no solo una posesión derivada de algún tipo de vasallaje.

Así, las plazas dejaron de ser solo espacios para ceremonias religiosas, para coronar a reyes y príncipes o para los días de mercado y pasaron a ser esos ambientes en los que la vida ciudadana tiene lugar. Por las aceras de las calles y las plazas podía pasearse de ahí en adelante cualquier persona, sin importar su condición social, y por las calles y caminos, los canales y los lagos podían circular todos, sujetos, por igual, a las reglas del tránsito.

En las grandes ciudades de los Estados que pasaron a la modernidad se desarrollaron, sobre todo durante el siglo XIX, grandes plazas y explanadas con monumentos alusivos, precisamente, a esa nueva condición de libertad e igualdad bajo la ley y a sus héroes. Y, de ese modo, los espacios públicos fueron adquiriendo una especial consideración e importancia.

En otros países que no alcanzaron esa modernidad algunas plazas y espacios monumentales también fueron erigidos, pero más bien para dar gloria a algún dictador, al partido único o a alguna revolución totalitaria. Fueron pensadas para que marcharan soldados o las recorrieran tanques de guerra, pero no para que unos ciudadanos libres salieran a expresar su espíritu cívico.

¿Qué tiene que ver todo esto con la basura? Pues, creo yo, la mentalidad con la que muchos guatemaltecos miran o entienden esos espacios públicos, ganados a fuerza de tanta sangre y penas en los cuatro rincones de la tierra. Si es un río o un lago, ahí depositan sus aguas negras; si es un camino, ahí van y tiran el ripio y todo lo que salga por la ventanilla de un automóvil; si es una playa pública, ahí dejan caer con el mayor desparpajo botellas, bolsas plásticas y empaques de golosinas de todo tipo; si es una plaza, sobre sus baldosas caen paletas de helado, colillas, servilletas y más botellas.

Ese comportamiento refleja una mentalidad demasiado extendida, me parece, de desprecio por los espacios públicos. Hace 50 años se regañaba a los niños —¡en la calle no se tira la basura!— Hoy en día, cuando el niño pregunta qué hace con la bolsa y servilletas de alguna comida rápida, la madre le dice: Tíralo por la ventana. O, si no se lo dice, al ir por las carreteras y caminos se puede tristemente observar que, sin lugar a duda, los mayores lo consienten o dan el mal ejemplo.

Si bien es verdad que las autoridades competentes —unas más, otras menos— no han sabido gestionar el problema de la basura y los desechos –Honduras está por demandar a Guatemala por el desastre de la Bahía de Omoa—, también lo es que, sin un cambio de mentalidad generalizado que lleve a un renovado respeto por los bienes y espacios públicos de uso común, esa tarea será, simplemente, “misión imposible”.