Pluma invitada

La guerra cultural subsidiaria de Putin por el poder

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Recientemente, contacté a Serhiy Leshchenko, uno de los periodistas de investigación más destacados de Ucrania, a quien había conocido en Kiev poco antes del primer juicio político a Donald Trump. En aquel momento, Leshchenko era difamado con regularidad por personas en la órbita de Trump, quienes pusieron al periodista en el centro de una elaborada teoría de conspiración diseñada para dar la impresión de que Trump estaba luchando contra la corrupción en Ucrania, no alentándola.

Ahora, Leshchenko es asesor del jefe de personal del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en materia de desinformación rusa. Ha estado especialmente preocupado por las mentiras rusas sobre las armas químicas y biológicas de Ucrania y teme que su propósito sea sembrar la confusión antes de un posible ataque con armas químicas rusas. “Todos los días tienen docenas de diferentes interlocutores” que promueven mentiras sobre armas no convencionales fabricadas en Ucrania, aseguró Leshchenko. “Tiene que haber una explicación. ¿Por qué dicen las mismas cosas una y otra vez?”.

Algunos funcionarios estadounidenses comparten el temor de Leshchenko. “Basado en una serie de factores, algunos de los cuales no puedo divulgar, lamentablemente me sorprendería que no terminen utilizando armas químicas”, me dijo la semana pasada el representante Seth Moulton, demócrata por Massachusetts, quien forma parte del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes.

Considerando lo que está en juego, a Leshchenko le alarma escuchar a voces estadounidenses influyentes repetir matrices de opinión rusas. “¿Quizás conozcas a esta congresista de Georgia, Marjorie Greene?”, preguntó, y luego mencionó un discurso reciente en el que Greene especuló que los laboratorios de armas biológicas en Ucrania podrían terminar matando personas.

La semana pasada, alimentando aún más la teoría de conspiración, el gobierno ruso vinculó los presuntos laboratorios biológicos con Hunter Biden y George Soros. El jueves 24 de marzo, Tucker Carlson difundió la narrativa en torno a Hunter Biden (Estados Unidos ha financiado programas en Ucrania para garantizar la existencia de laboratorios que estudien patógenos y toxinas, a veces para el desarrollo de vacunas, y para monitorear brotes de enfermedades).

Según Leshchenko, existe un patrón en las campañas de desinformación rusas. Explicó que esta comenzó con cuentas anónimas de redes sociales. Luego fue propagada por equipos de propaganda rusos como Russia Today, seguido de funcionarios rusos como el ministro de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov y el propio presidente Vladimir Putin. Finalmente, se volvió global. En la guerra informativa, afirmó Leshchenko, es de gran ayuda tener un “reconocimiento internacional” de las denuncias ficticias. Y algunos elementos de la derecha estadounidense estuvieron felices de proporcionarlo.

Por el momento, la guerra de Rusia contra Ucrania ha llevado a muchos republicanos a redescubrir sus “guerreros fríos” internos. Pero el sentimiento a favor de Putin —o al menos el sentimiento antianti-Putin— sigue siendo fuerte en sectores de la derecha. Como informaron Ben Collins y Kevin Collier de NBC: “La teoría de conspiración sobre el laboratorio biológico se ha convertido en la narrativa predominante en los sitios web pro-Trump y de QAnon como The Great Awakening y Patriots”.

Con Trump fuera del poder, puede ser tentador descartar la importancia de este tipo de fantasías, pero el Partido Republicano no tiene buenos antecedentes en lo que respecta a hacer frente a sus sectores más radicales: solo basta con observar el reciente intento influenciado por QAnon de vincular a la candidata a la Corte Suprema Ketanji Brown Jackson con la pedofilia. Tras haber visto a Trump intentar extorsionar a Zelenski, los ucranianos saben que cuando las chifladas teorías de conspiración rusas se afianzan en la política estadounidense, pueden generar consecuencias geopolíticas.

Es posible que Putin también lo sepa, lo que ayudaría a explicar por qué está buscando atraer a guerreros culturales anglófonos. El viernes 25 de marzo, Putin pronunció un discurso en el que se quejó de la cultura de la cancelación y comparó el aislamiento internacional de Rusia con las denuncias de la autora de “Harry Potter”, J. K. Rowling, por sus puntos de vista sobre el género. Fue absurdo, pero también fue un mensaje para la derecha occidental de que comparten esa lucha. Es lo que Putin ha estado haciendo durante años, sobre todo, a raíz de la anexión de Crimea en 2014, cuando, como bien escribió Casey Michel en Politico: “Moscú comenzó a forjarse un nuevo papel al frente de la derecha cristiana mundial”.

Para defenderse de Rusia, Ucrania ha estado librando su propia guerra cultural globalizada: está tratando de movilizar al mundo a un internacionalismo liberal idealizado. Zelenski ha enmarcado la lucha de Ucrania por sobrevivir como una batalla no solo por la autodeterminación nacional, sino por la modernidad progresista. Como dijo en su discurso ante el Congreso: “Hoy, el pueblo ucraniano está defendiendo no solo a Ucrania; también estamos luchando por los valores de Europa y del mundo. Estamos sacrificando nuestras vidas en nombre del futuro”. Zelenski apela a las aspiraciones más altas de las audiencias occidentales, quienes han estado hambrientas de inspiración.

Algunos de los videos más resonantes provenientes de Ucrania giran en torno a su determinación de mantener la música en sus vidas incluso en tiempos de guerra, como el del hombre que toca el violonchelo en una calle en ruinas en Járkov y la gente en Odesa que construye fortificaciones mientras una banda toca “It’s My Life” de Bon Jovi. Estos videos se vuelven virales porque vinculan el asombroso coraje de los ucranianos con una cultura occidental común: los ucranianos se parecen a la versión de nosotros que nos gustaría ser.

La capacidad de Ucrania para inspirar solidaridad internacional ha sido una de sus armas más potentes en esta guerra. Frente a esto, Putin necesita algo de solidaridad para su visión, y el lugar natural para buscarla se encuentra entre los enemigos del liberalismo. Es por eso que está haciendo esfuerzos para cultivar un cinismo sobre el heroísmo ucraniano y convencer a aquellos alienados por la cultura occidental de que se identifiquen con Rusia. Y es que, si Putin piensa cometer más atrocidades contra los ucranianos, le será de gran ayuda tener estadounidenses que aseguren que la culpa es de ellos mismos.

 

c.2022 The New York Times Company