Fuera de la caja

La literatura como un puente que nos une

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Me encuentro trabajando frente a mi computadora en mi habitación cuando entra de forma abrupta mi hijo mayor. Se veía alterado mientras me contaba que estaba a punto de destruir el libro El Túnel, de Ernesto Sábato. “Me repugna, me inquieta, no sé por qué no puedo dejar de leerlo”. Advertí con agrado que mi niño grande había descubierto el poder que tiene la literatura. ¿Para qué sirve la literatura? —me preguntó alguien recientemente. ¿De qué sirve el arte? ¿Por qué alguien se molesta en crear una obra de arte, en escribir una novela? No es la primera vez que me siento en la posición de responder a estas preguntas, que pueden ser válidas considerando que habitamos un pedazo de tierra donde los índices de lectura son bajos a pesar de haber visto nacer figuras literarias de la talla de Miguel Ángel Asturias y Luis Cardoza y Aragón.

La mejor respuesta que puedo dar es a través de una anécdota vivida. Algunos meses antes de la pandemia, sin apenas adivinarla, la vida me dio el regalo de poder cumplir uno de los sueños añorados por mis dos hijos, grandes fanáticos del fútbol y en especial de la liga española. Un día del mes de julio del año 2018, estábamos en camino a visitar el Estadio Bernabéu, el recinto deportivo del Real Madrid. El despertador nos avisó temprano que la fecha había llegado, desayunamos y nos arreglamos rápidamente. El tren que nos llevaría salía de la Estación de Tribunal, en el centro de Madrid. Pocos segundos de tardanza nos impidieron abordar el tren, debíamos esperar varios minutos para que llegara el próximo. Éramos cuatro personas en un andén pobremente iluminado. Un muchacho alto y rubio pasó frente a nosotros. Mi pareja, que es un ser muy sensible, percibió algo extraño de inmediato. Lo cierto es que a los pocos minutos lo escuché gritando mientras sujetaba al joven por los brazos. El tren se acercaba. “Se va a tirar, avisa a alguien”. Aparecía otra persona que también ayudó a sujetar al chico. Me coloqué cara cara frente a él. “¿Cómo te llamas?” —le pregunté mirándole a los ojos. “Alberto” —me respondió entre sollozos. “¿Cuántos años tienes?” —sentía su olor penetrante. “Tengo 27 años” —continuaba sollozando. “Alberto, eres joven y siento decirte que hoy no vamos a dejar que te vayas. Veo que eres fotógrafo” – tenía una cámara profesional sobre el piso. Forcejeaba. “Ya no puedo ni tomar fotos, estoy desesperado” –sin embargo, se dejaba abrazar. Noté los pinchazos en sus brazos. Hacía poco había terminado la lectura de la novela Yonqui, de William Burroughs, en la que da testimonio de su espiral en el mundo de las drogas. De manera muy realista, Burroughs narra cómo va perdiendo el control de su vida para cederle el timón a las drogas duras. Se pinchaba a diario, varias veces al día. La adicción era el centro de su vida. Una novela desgarradora, capaz de adentrar al lector en el sufrimiento de los adictos. “Alberto. Te comprendo. Acabo de leer Yonqui de Burroughs” – se soltó en llanto. Parecía haber descubierto el código secreto. “¿Ahora lo entiendes? He perdido todo, no te imaginas lo que significa dormir en la calle”. “Al igual que para Burroughs, habrá vida después de esto”. Me abrazó muy fuerte. Se acercó un hombre que se identificó como Psiquiatra. “Señora, no se preocupe, nos haremos cargo de él, lo llevaremos a un lugar seguro”. Poco a poco, el abrazo se fue disolviendo. Alberto me dio las gracias. En mi opinión, el agradecimiento va para Burroughs, quien escribió una novela sin saber que algún día tendería un puente entre un suicida y una mujer desconocida. Para eso sirve la literatura. Para conmover, para comunicarnos, para sentir lo que siente el otro.