Cable a tierra

La mala gestión también nos puede matar

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

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En mi familia hay varias personas con criterios de alto riesgo, en caso llegáramos a contraer la infección por covid-19, incluida yo. Somos también altamente vulnerables a la debacle económica; somos parte de ese segmento de población al que aún eufemísticamente llamamos “clase media”: Uno de esos 1.2 millones de hogares, la mayor parte viviendo en áreas urbanas, con trabajadores por cuenta propia, autoempleados, “emprendedores”, empleados en sector privado o público o, quizá, dueños de pequeñas o medianas empresas, pero de los que no les queda el 65% del excedente de explotación que produce la actividad económica del país. Con un nivel de ingreso por arriba de la línea de pobreza, pero con una limitada capacidad de ahorro, por lo que cualquier shock externo (no digamos este tsunami) nos saca fácilmente de balance. Somos, a la vez, ese pequeño segmento de la población al que rigurosamente se le pide siempre que siga pagando sus impuestos y demás obligaciones económicas como que nada estuviera ocurriendo. No tenemos exenciones ni privilegios fiscales, ni recibiremos millonarias ayudas económicas, pues a la mejor ni llenemos los criterios que siempre se diseñan para proteger al dinero y no a las personas. Tampoco somos de los que recibirán ni los mil quetzalitos de ayuda, tan mal programados en su ejecución. Eso sí, somos de los que los bancos ya comenzaron de nuevo a llamar para que nos endeudemos con ellos, saber a qué tasas de interés.

Teniendo todo en contra, tendría que estar fuera de mis cabales para desear que el Gobierno fracase en la gestión de la epidemia o para querer que se prolongue la situación mucho tiempo o que se deteriore la economía al punto de que terminemos todos en la calle. ¡Todo lo contrario! Para evitar ese escenario es que insistimos en que se fortalezca el manejo actual de la epidemia. Desde el punto de vista de la salud pública, diversos expertos han dado ya una serie de recomendaciones muy precisas, basadas en conocimiento científico, que no se toman en cuenta o solo parcialmente. No deja de desconcertar tanta reticencia ante la ciencia. Minimizar la epidemia y decir que todo está bajo control no hará que desaparezca el bicho. Solo hará que nunca sepamos realmente cuál fue el tamaño de la afectación al país, medida en número de vidas perdidas innecesariamente o en términos de cuán vulnerables quedaremos a una segunda oleada epidémica que pueda emerger en los próximos meses o años, antes de que una vacuna esté disponible de forma masiva y segura.

El manejo apropiado de la epidemia incluye desplegar a la par, y de manera rápida y efectiva, las medidas de protección económica. De nada sirve regañar a la gente porque no se queda en su casa, cuando la necesidad de poner alimento en la mesa, pagar deudas y otras responsabilidades obliga a demasiadas personas en este país a correr el riesgo de exponerse al contagio. Las medidas de asistencia económica son parte inherente del manejo de la epidemia, no un capítulo aparte: mejoran la tasa de cumplimiento o adherencia a las medidas de salud pública ya en marcha.

También sobre esto se han dado recomendaciones. La ejecución de las medidas económicas va lenta y hasta tarde para muchos, pero puede mejorar igualmente. Entendemos bien que dar respuesta no es fácil con el Estado desmantelado, corrupto e inoperante que heredaron. Pero tampoco se ayudan mucho cuando mantienen en puestos y lugares clave a gente que no solo no atiende razón de la ciencia, sino que, encima, desconoce la administración pública o responde a otros intereses antes que a los del bien común. La mala o deficiente gestión también nos puede matar.