De mis notas

La maldición del semáforo en rojo

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

El semáforo en rojo —como grillete estadístico para controlar nuestra libertad— es una invención etérea, una fumada absurda, elucubrada en alguna mesa de intimidatorias dimensiones donde se sentaron los sabios de la nomenclatura pandémica a decidir la fórmula —aun cuando errada técnica y estadísticamente— para cantarla en el recital del domingo.

Las inferencias estadísticas “de los semáforos” son claramente erróneas. Temas elementales como “muestras aleatorias, definiciones probabilísticas, rangos de grupos objetivos, ubicaciones georreferenciadas y demás parámetros exigidos por la ciencia estadística, obviamente no fueron tomadas en cuenta. En adición a esto, ya está comprobada la gran incapacidad en poder llevar registros de simples métricas diarias.

Pero todo lo anterior ya no es pertinente después de las nuevas disposiciones de apertura del domingo pasado. Por supuesto que seguiremos en el más rojo de los rojos del espectro cromático. Y las razones son simples: la informalidad es implacable: 7 de cada 10 guatemaltecos trabajan en la informalidad.

Basta ver las fotografías de La Terminal y las aglomeraciones en los mercados cantonales, para inferir, no estadística, sino lógicamente, que no es factible detener el contagio en una población como la guatemalteca, en la que, además de lo anterior, un cuarto de todos los hogares no tiene agua potable y vive en alta densidad habitacional por núcleo familiar.

Abrir el transporte público fue una decisión acertada, por cuanto la mayoría de la población desde hace meses viene satisfaciendo sus necesidades de movilidad con el transporte alternativo, léase taxis, picops, motos, camiones, etc., todos con alta vulnerabilidad de contagio viral. Abrirlo con protocolos controlados, aun al 50 por ciento de su capacidad, es mejor que taxis abarrotados. (Hay dudas de la capacidad gubernamental de poder supervisar y controlar tanta camioneta extraurbana y buses rojos).

En el último informe de Euronews y su titular: ¿Quién tiene la mayor cantidad de víctimas, en términos relativos covid-19 por muertes por millón de habitantes? Guatemala aparece con 97 muertes por millón de habitantes. Los más altos son los países con poblaciones más viejas. La edad promedio de los 16.3 millones de habitantes de Guatemala es de 26.5 años. Luego, tendremos que apostarle a ese bono demográfico para pasar la tormenta pandémica ganándole por medio de la inmunidad de rebaño. Con todas las lamentables consecuencias que conlleva para la población de mayor vulnerabilidad, es un hecho y hay que aceptarlo.

Si se pueden hacer inferencias reales de esta pandemia, es que el sector público ha comprobado una vez más los grandes problemas sistémicos que padece. Las palabras eficacia, efectividad e indicadores de éxito son términos inexistentes, que comprueban una vez la urgencia de una reforma a fondo, una reingeniería sistémica del sector público en cuyo epicentro esté la aprobación de la Ley de Servicio Civil para, mediante un sistema meritocrático, profesionalice e independice de la corrupción y los falsos sindicatos a todo el sector público. Para muestra, un botón: el Gobierno apenas ha podido ejecutar 19 por ciento de todo ese dineral que ha recibido. Simplemente, no puede caminar sobre el campo minado de la burocracia, la corrupción y la falta de personal técnico.

También se comprueba, una vez más, que ninguna encerrona debe interferir con el libre intercambio de bienes y servicios, si queremos generar una economía sana y floreciente. La encerrona fue un fracaso mundial. El solo hecho de que los guatemaltecos estén sobreviviendo a pesar de los grilletes de las disposiciones copy paste mundiales demuestra la efectividad del mercado y de los individuos que lo crean. Ahora, con semáforo o sin él, ¡a trabajar y a producir!