Nota bene

La maravillosa temporada de Cuaresma y Semana Santa

Me conmueve la piedad popular.

El quinto domingo de Cuaresma, por invitación de los tíos de mi esposo, colaboramos en la fabricación de una alfombra de aserrín y flores para la procesión de Jesús Nazareno de la Caída y la Virgen de Dolores, de San Bartolo.  Dichos tíos nos permiten experimentar uno de los eventos emblemáticos de esta época.  Inculcan en las nuevas generaciones la importancia de las tradiciones piadosas de Guatemala. 

Son tiempos de gracia.

Dicen que San Bartolo es una de las procesiones más concurridas de La Antigua.  Efectivamente, ese domingo, la ciudad colonial estaba atestada de curiosos turistas, cientos de cucuruchos y sus familias, fotógrafos profesionales y aficionados, vendedores ambulantes de recuerditos y alimentos, y otros.  

Tres vivencias me conmovieron.  La noche antes, ya tarde, unos jóvenes se preparaban para elaborar una alfombra de aserrín frente a un hotel.  Estaban por terminar la primera cama de aserrín.  Algunos de ellos eran empleados del hotel, pero se notaba que este trabajo extemporáneo les resultaba agradable.  Con entusiasmo, explicaron el proceso a unos amigos extranjeros.   Su cordialidad y camaradería es reflejo del trato mutuo en esta temporada.  Estos proyectos de arte efímero ejemplifican la cooperación social espontánea.  Los hogares y comercios planifican su obra, a su gusto.  Comparten información sobre los horarios:  calculamos que la procesión pasará por aquí alrededor de las 9:00 am, y por allá pasadas las 9:00 pm. Cada persona elige cómo participar, y sabe que su aporte es un pequeño o gran engranaje del complejo proyecto que representa una procesión.   

El domingo, me aposté contra la pared de San Francisco El Grande para ver a Jesús de la Caída a los ojos.  Pasaron los romanos y se llenó el ambiente de incienso.  Poco a poco bajó el volumen de las conversaciones; el anda doblaba la esquina.  Se acercó lentamente y paró justo enfrente; tocaba cambio de turno.  Un joven se tardó en ocupar su lugar.  Alcancé a ver que había pegado la foto de un cucurucho anciano al anda, quizás su difunto padre o abuelo, y que, con una sentida oración, unía su penitencia a la memoria de su ser querido.  Me recordó que, aunque el ambiente material invade nuestros sentidos con su colorido, sus olores y sonidos, es poca cosa comparada con lo que se mueve en el plano sobrenatural.  Esos días se elevan al Cielo miles y miles de oraciones de adoración, petición, arrepentimiento y gratitud; miles de padrenuestros y avemarías.  Durante largas horas, el Jesús vivo y real conoce las alegrías y penas que le compartimos en silencio.  Me gusta pensar que el homenaje que conjuntamente rendimos a Dios le agrada, y que nos ve con más misericordia que de ordinario, si se puede. 

Venían atrás las mujeres, portando a la Virgen de Dolores.  Me ericé al ver al grupo de señoras y señoritas que estaba por echarse el anda al hombro.  Se postraron al unísono de rodillas sobre la calle empedrada, y rezaban con pausa, intensamente, algunas con los ojos cerrados, algunas con visible dolor.  Pensé en la Virgen, que guardaba todo en su corazón, y en lo que guardamos en nuestros corazones de abuela, madre, hija y amiga… en cómo intentamos confiar en la providencia divina, como Ella nos enseñó.   

Los guatemaltecos tendemos a la autocrítica: comentamos que Guatemala es mala y que sus habitantes somos mediocres, desorganizados, conflictivos y más.  Las procesiones de Cuaresma y Semana Santa ponen en evidencia lo contrario: poseemos dones artísticos, musicales y de liderazgo, empresarialidad y cooperación. Pero nuestro mayor tesoro es una arraigada fe en Dios que manifestamos públicamente, sin amague, con sencillez.  ¡Feliz Semana Santa!

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).