Familias en paz

La mayor de las virtudes

Rolando De Paz Barrientos rolando.depazb@gmail.com

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La virtud es la disposición habitual que tenemos los seres humanos a hacer el bien, produciendo un efecto positivo en la vida del individuo y en los demás. Tendemos hacia la bondad, el amor, la honradez, la justicia, la esperanza entre una serie de virtudes para vivir una vida plena.

Sin embargo hay una que sobresale a todas las demás, determinante para la vida de todo ser humano: el amor. La psicología y la antropología han llegado a la conclusión que la necesidad fundamental del hombre es el amor, pero este descubrimiento no es algo nuevo, la sabiduría divina la presentó siglos atrás como la virtud más importante en la vida del hombre.

En la historia de la humanidad ha habido avances en el conocimiento, la ciencia, la inteligencia artificial, en la tecnología y las comunicaciones, pero en nada tiene provecho si los seres humanos no reciben lo más importante y fundamental en su vida y es el amor. ¿Cómo expresamos el amor en nuestra vida? Puede expresarse de distintas maneras: filial como el amor de una madre hacia un hijo, fraternal como el que se expresa entre amigos, eros o amor romántico como el de una pareja de esposos.

Sin embargo, estas expresiones de amor natural pueden considerarse como algo volátil, pasajero y condicional. Ello se evidencia en la carencia de afecto entre los seres humanos, conflictos en las familias y en las parejas, incapacidad de ponernos de acuerdo ante las diferencias.

Este tipo de amor produce relaciones débiles que no perduran: matrimonios sin compromiso, padres irresponsables, familias desintegradas y seres humanos carentes de amor al prójimo. Es así, porque se basan en un amor egoísta, impaciente, envidioso, injusto, arrogante, ofensivo, cuyos efectos se evidencian en violencia, abuso, abandono, marginación, maltrato y deshonra.

El ser humano tiene la posibilidad de experimentar una clase de amor verdadero, puro, sincero, donde no hay envidia ni arrogancia, sino uno que se compromete, que permanece, que no abandona jamás. Es un amor sacrificial que nada espera para sí mismo, sino que aprende a perdonar las faltas sin condiciones. Se trata del amor ágape, que implica fidelidad, compromiso, que se distingue de los demás por su elevada naturaleza moral.

¿Puede el ser humano amar de esta manera? Este tipo de amor no viene de una manera natural, sino solamente cuando experimentamos el amor en su máxima expresión: Jesús en la cruz. Este amor cubre multitud de pecados, hace que el hombre tenga la posibilidad de ser amado y perdonado, restaurando así su relación con su Creador, el cual llena de manera definitiva el vacío interior de todos llevamos dentro.

Recibir este amor nos habilita para amar de manera genuina, no solamente a nosotros mismos, sino al prójimo aún más allá de nuestro círculo íntimo, extendiéndolo a todo aquel que pueda socorrer en momentos de necesidad, a quien puedo levantar cuando cae, a quien puedo consolar en medio del dolor, a quien puedo perdonar a pesar de las ofensas recibidas.

La humanidad necesita este tipo de amor porque edifica, dignifica y restaura la vida del ser humano, llegando a llenar aquellas carencias que pudieron tener en su infancia. Solo el amor verdadero es capaz de destruir el odio y el egoísmo, quebrantando el yugo de la indiferencia ante la necesidad de los demás.

Celebremos el amor, pero no el amor pasajero, volátil, sino el amor ágape que se constituye en la mayor virtud del ser humano, por sobre la sabiduría, la justicia y el poder, porque busca en esencia la restauración total del hombre.