Reflexiones sobre el deber ser
La paz es el camino
La buena voluntad está asociada con el amor a los demás.
En los últimos tiempos, en nuestro país, nuevamente se ha venido acicateando y generalizando la intolerancia, el irrespeto, la sospecha, el engaño, la injuria y la polarización, que alimentan el fanatismo, el extremismo, el divisionismo y el rechazo y la supresión del otro, del diferente, estigmatizado como el enemigo, a quien se acusa de ser el causante de los males sociales.
Abundan, pues, los discursos y campañas de odio, resentimiento, ataque y ruptura. Por lo tanto, se está dando rienda suelta a un maniqueísmo torpe, así como a la desunión, la fragmentación, la confrontación, la venganza desquiciada, la criminalización y el vaciamiento de la Constitución, que es el receptáculo de los principios y valores republicanos, democráticos y humanistas. El exilio y la expatriación son la medida del imperante despotismo.
Por el contrario, en una sociedad unida, cohesionada, se promueve la tolerancia, la fraternidad, la solidaridad, el bien común y la paz; en ella rigen los valores humanitarios, que conciben y aquilatan a la persona como un ser libre, único, irrepetible, singularísimo, digno, autónomo, inacabado, responsable de su propia vida, así como un fin en sí mismo. En el seno de una sociedad fraterna se trabaja, comparte, convive y coopera, bajo la vigencia de leyes justas y en un ambiente de respeto, diálogo, comprensión y compasión, sin dominaciones, sumisiones o despotismos.
Nuestra Constitución establece que los seres humanos deben guardarse conducta fraternal entre sí, o sea que deben fraternizar, es decir, unirse y tratarse como hermanos. La unión equivale a juntarse, aliarse, con el fin de afrontar un destino común, recorrer un mismo camino, asumir determinados desafíos o compartir causas o luchas. Asimismo, un tratamiento fraternal es reconocerse y aceptarse como si todos fueran hijos de los mismos progenitores.
“No hay camino para la paz, la paz es el camino”, Mahatma Gandhi.
De suerte que el guardar una conducta fraternal entre sí conlleva que las personas se traten con el afecto con que se trata a un hermano. Por lo tanto, bajo el supuesto de la fraternidad no se admite el engaño, el odio, la envidia, la hipocresía, la insolencia y la agresión; más bien, se asume el fortalecimiento de un sentido de pertenencia y el afianzamiento de los lazos de confianza, camaradería y cooperación inteligente.
En todo caso, en una sociedad cohesionada la convivencia pacífica entre los seres humanos, así como la armonía en la diferencia, que es la base de la tolerancia y el respeto, son consubstanciales la buena voluntad, la buena actitud hacia el otro, hacia el prójimo, y la resolución pacífica de las controversias.
En ese sentido, me inspira el poderoso mensaje del Evangelio de Lucas “paz a los hombres de buena voluntad” (Lucas 2,14), que, además de espiritual y sublime, es fundamental para la convivencia social. La paz se asume como un estado de concordia, armonía y ausencia de conflicto, en tanto que la buena voluntad está asociada con el amor y la aceptación de los demás.
El Papa Juan Pablo II, en su visita a El Salvador, en 1983, expresó: “Todos y cada uno, empresarios y obreros, maestros y alumnos, todos tienen el deber de ser artesanos de la paz”, que complementa la promesa de nuestro Señor: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados Hijos de Dios” (Mateo 5,9).
En ese mismo contexto, en su día, el presidente de los EE.UU., John F. Kennedy, sostuvo: “La paz no es simplemente la ausencia de conflicto; es la creación de un entorno donde todos pueden prosperar”; y Mahatma Gandhi, el líder indio, afirmó: “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.