Aleph
La peor idea de la humanidad
Lo más preocupante para mí, y para otros muchos, son las tendencias que sugieren que debemos anticiparnos a rupturas en los aspectos fundamentales de la vida.
Recuerdo mi primer año de universidad, cuando estudiaba arquitectura. Tuvimos un interesante debate entre el arquitecto Bonilla, maravilloso catedrático de Historia del Arte, y yo. Una sola palabra nos había puesto a debatir intensamente: progreso. Nos faltó tiempo para profundizar en ello, pero nunca olvidaré lo que significa tener un profesor abierto a discutir las ideas con sus estudiantes.
“El progreso es una ficción interesada y peligrosa, no una ley natural ni una fórmula matemática”.
A lo largo de la vida, seguí reflexionado sobre el significado de aquella palabra. Hace poco encontré un artículo, sobre una entrevista por videollamada que le hiciera José María Robles a Samuel Miller McDonald, geógrafo especializado en Ecología Humana e Historia, sobre su ensayo Progreso (https://www.elmundo.es/papel/historias/ 2026/03/28/69ba8c84e85ece3b1a8b458f.html). El artículo, en su encabezado, cita a Miller y dice: “hay una enorme brecha entre lo que piensa sobre el progreso la élite de superricos y la mayoría de la gente”. Para Miller, la peor idea que se le ha ocurrido a la Humanidad en los últimos cinco mil años es la de progreso. Él encuentra los matices entre los descubrimientos científicos de relieve y las guerras mundiales que han esclavizado a multitudes, y lo califica como “la zanahoria que han usado para hacernos avanzar”, asegurando que “el progreso es una ficción interesada y peligrosa, no una ley natural ni una fórmula matemática”. Advierte que la fe casi religiosa en él ha llevado a nuestra civilización al borde del precipicio. Interesante.
Formado en Yale y doctorado en Oxford, Miller estudia desde la Mesopotamia hasta los califatos islámicos y más allá, para explicar ese “relato-señuelo” que nace de la combinación de mitología, habilidad para la extracción de recursos y legislación, de donde nace la idea de progreso, como construcción cultural. Con el tiempo, dice, “pasó de ser una aspiración filosófica a convertirse en una ideología dominante” que justificó enormes pérdidas humanas y medioambientales: “La conquista de América, el engrase de la Revolución industrial, la utopía hitleriana (en Mein Kampf se menciona progreso como impulso de la Historia una docena de veces), el parto gris del comunismo, la adopción del neoliberalismo como credo planetario, la trampa del capitalismo de la vigilancia…”. Y continúa: “La obsesión por la expansión y la extracción, esa idea de que podemos llevar la linde un poquito más lejos y sacar partido de la tierra de forma ilimitada, ha adoptado muchas formas a lo largo del tiempo”.
El autor abreva de la Historia, la Filosofía, la Antropología, el Análisis Económico y la Ecología Política para realizar su ensayo, y dice que el momento exacto en el que la idea de progreso cambió de rumbo, tiene nombre: la Gran Aceleración. “El crecimiento vertiginoso de la población, la popularización del consumo y la urbanización a gran escala del hemisferio occidental a partir de los años 50 propiciaron el nacimiento de una clase media dispuesta a arrodillarse ante el storytelling áureo del progreso. El impacto en los ecosistemas, ya tal”. Y no solo denuncia, sino que se opone a “los pregoneros del Nuevo Optimismo como la web de estadísticas Our World In Data o el psicólogo cognitivo Steven Pinker”. Para Miller, esas cifras son espejismos que se venden desde un plan ideológico. Por ejemplo, “hoy, en números absolutos, hay tres veces más personas esclavizadas que en el apogeo de la trata del Atlántico: en nuestros días viven en la esclavitud 40 millones de personas, o lo que es igual, una de cada 200 personas, sin incluir la esclavitud salarial, que obliga a participar en el mercado laboral por una miseria o por una retribución que acto seguido se les roba, y que está mucho más extendida”, dice en su ensayo.
¿La humanidad realmente ha progresado? “Hoy muchos jóvenes miran a su alrededor y dicen: ‘Somos más pobres que nuestros padres con esta edad, tenemos una participación mucho menor en la riqueza nacional’. Hay un estancamiento salarial y un desequilibrio entre trabajo e ingresos que no se puede consentir. Lo más preocupante para mí, y para otros muchos, son las tendencias que sugieren que debemos anticiparnos a rupturas en los aspectos fundamentales de la vida: el acceso al agua potable, al aire limpio, a la biodiversidad y a un sistema climático estable, necesario para la agricultura”. Esto da para mucho.