La buena noticia
La promesa de paz
Es posible encontrar caminos de luz, caminos de esperanza y caminos de paz.
“Mi paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14,27). El día de la Última Cena, Jesús hizo una promesa que la humanidad ha anhelado desde siempre. No hacen falta argumentos académicos para aceptarlo, basta con mirarnos a nosotros mismos para descubrir este anhelo.
¿Por qué parece inalcanzable ese anhelo natural del ser humano?
Sin embargo, aunque la paz es un tesoro invaluable, es claro que aún no la hemos alcanzado plenamente. Resulta válido sostener que se ha logrado en parte, si bien de modo temporal y en circunstancias concretas. Pensemos en la paz que experimentan los padres al ver crecer a sus hijos, la tranquilidad de una empresa que alcanza sus metas, o la satisfacción de una persona que cumple un propósito trazado.
No obstante, esto se puede objetar al confrontarlo con la realidad de muchas familias que no se encuentran en las anteriores circunstancias, al lanzar una mirada al entorno nacional o al contemplar un mundo herido por guerras, violencia, sufrimientos, injusticias que manifiestan la falta de paz. Ante esta realidad cabe preguntarnos: ¿Por qué parece inalcanzable ese anhelo natural del ser humano? ¿Qué hace falta realizar para alcanzarlo? ¿Quiénes son los responsables de este bien invaluable para todo ser humano? Las interrogantes podrían extenderse de manera indefinida.
Entre los responsables de esta tarea podemos señalar a las distintas religiones y a los gobiernos, en cada una de sus identidades que los conforman; también, hemos de señalar a las distintas asociaciones gubernamentales y civiles, a las instituciones educativas, a las familias y a cada ciudadano.
Como vemos, el número de responsables es grande. En este descansa uno de los mayores retos para la consecución de la paz; si a esto sumamos la falta de compromiso —sacrificio— de gobernantes e individuos, el horizonte se torna desesperanzador. Indudablemente, la advertencia de Jesús tras el ofrecimiento de la paz: “No se las doy como la da el mundo”, iluminaría ampliamente esta realidad. Sin embargo, ya que nuestro propósito actual es identificar luces de esperanza en nuestro diario vivir, no abordaremos este tema. Nos limitaremos a plantear breves consideraciones que ayuden a iluminar el camino.
En medio de la oscuridad es posible encontrar caminos de luz, caminos de esperanza y caminos de paz. Prueba de ello son aquellas personas que luchan cotidianamente, por ganarse honestamente su sustento; en este grupo podemos encontrar a campesinos, profesionales, políticos (aunque no sabríamos precisar el número). Asimismo, encontramos a quienes, motivadas por su fe, son capaces de realizar grandes sacrificios por vivir honradamente y contribuir a este anhelo común.
A esto debemos añadir los esfuerzos de algunas universidades del país por promover la justicia y el bien común, así como las iniciativas que las religiones cristianas realizan. Un ejemplo esperanzador fue el realizado en los municipios de Nueva Santa Catarina Ixtahuacán y Nahualá, en los que por una semana no solo se elevaron plegarias al Rey de la Paz a través de celebraciones litúrgicas, sino también se sumaron la presencia de varias personas de toda la diócesis de Sololá-Chimaltenango, la promoción del diálogo y el ayuno.
En el inmenso océano, estos esfuerzos pueden verse insignificantes. Por ello, al llamar a la conciencia y apelar a la bondad natural en el ser humano, sostenemos con certeza que cuando cada ciudadano, sin importar su condición social, económica o de fe, decida acoger y promover responsablemente el deseo de paz de Dios, la distancia que nos separa de alcanzar el bien inestimable de la paz se irá estrechando.