Si me permite

La revolución es un modo de no estancarse

Samuel Berberián samuel.berberian@gmail.com

“En toda revolución hay dos clases de personas: las que la hacen y las que se aprovechan de ella”. Napoleón Bonaparte

Lo más esencial de la revolución se encuentra en el individuo, cuando está dispuesto a levantarse dejando a un lado la monotonía y el conformismo y empezar a buscar una mejor alternativa, sin tener que buscar la aprobación de terceros.

Cuando uno tiene un comportamiento de renovar, cambiar lo que está en su derredor, aunque otros lo vean como una revolución, rápidamente se encuentra con otros con el mismo sentir y con el mismo empuje de transformar y cambiar al igual que uno, porque se saben parte y sienten que comparten responsabilidad.

Nuestra historia registra una infinidad de individuos que en un momento dado se levantaron y provocaron cambios que se les documenta como revolucionarios, pero no podemos negar que lo que ellos hicieron hasta en nuestros días disfrutamos los resultados. La gran pregunta que se debe plantear en este día a cada uno de nosotros es, ¿si hubiera dos bandos, uno de no alterar o no cambiar las cosas, de mantenernos tranquilos, y el otro de buscar el cambio y la renovación, no importando el precio que hay que pagar para ello, dónde estaríamos ubicados?

Es muy interesante que lo frecuente es que otros cambien, que otros sean innovadores, pero que nosotros podamos seguir en lo nuestro; eso no solo es injusto, sino también debería ser imposible, porque cuando las cosas cambian nosotros debemos asimilarlo y ser parte de este cambio.

El único remedio para que la historia no nos registre como aquellos que no hicieron ni dejaron hacer algo diferente es ser de aquellos que están dispuestos a saber observar y analizar todo lo que les rodea y ver qué cosas pueden cambiar para el bien, no solo de uno, sino de los que nos acompañan en esta vida.

Si pudiéramos interpretar la vida y la visión de muchos inventos que la historia registra nos daríamos cuenta de que los que lograron esos inventos fueron hombres y mujeres que no se conformaron con lo que tenían y buscaron algo diferente, aunque el proceso y el camino que tomaron fuera tildado de revolucionario. Cuando entendemos que hace falta cambios y cuando nosotros tenemos el medio y el modo de generarlos, no debemos en ningún momento esperar el aplauso o elogio de nadie, sino la simple gratificación del deber cumplido.

En nuestra sociedad moderna y sofisticada, donde cada uno disfrutamos de una infinidad de comodidades, debemos saber también visualizar que otras cosas hacen falta y que otros no han querido ver o hacer algo, y podemos ser los revolucionarios de generar el cambio.

Lo que debemos tener más que claro es que cuando queremos crear una revolución en algo, los sentimientos no tienen que ser el motor que nos lleva a hacer lo que hacemos, sino la razón que nos instruye en ser propositivos e iniciadores para dejar el espacio necesario a otros que podrán seguir y aun mejorar todo aquello que se ha empezado.

Una buena conducta revolucionaria no inicia con protestas, sino con acciones que habrán de beneficiar a aquellos que no tienen los medios o la creatividad necesaria para hacerlo. Por lo visto todavía hay espacio para corazones revolucionarios que no solo sueñan y elaboran discursos revolucionarios, sino entran a la acción, desafiando y motivando a otros para que se unan a esta.