Aleph

La salud mental en Guatemala

Carolina Escobar

Enfrentamos una pandemia. Sentimos miedo y vivimos intensamente la incertidumbre, como sucede en los momentos de las crisis humanas más fuertes. Me aventuro a decir que, aún quienes le apuestan hoy a la inmunidad de rebaño o confunden el sentido profundo de la libertad para justificar su resistencia a las mascarillas y el distanciamiento social, han pensado más en la muerte durante este tiempo y han sentido miedo o vivido mucha incertidumbre ante lo que está por venir.

La percepción de la falta de control tiene un efecto en nuestras emociones. Por eso nos enojamos cuando alguien no se pone la mascarilla o no está observando la distancia social requerida, porque sentimos nuestra propia falta de control ante tal situación. Es nuestra sensación de que tenemos que tener control de todo, todo el tiempo, lo que nos enoja, aunque la vida nos vaya enseñando que no tenemos el control de nada. Según los estudios en trauma, todos tenemos eventos que nos producen estrés. Si alguien nos roba o tenemos un accidente, hay síntomas del trauma que podrán manifestarse durante unos 30 días, lo cual es más o menos usual. Pero cuando enfrentamos un evento de estrés sostenido, la sintomatología se manifiesta por más largo tiempo y ya no hablamos de un trauma leve, sino de un desorden de estrés postraumático que afecta profundamente nuestra salud mental. Eso le pasa a Guatemala hace tanto y ahora la situación se ha agravado. Llevamos más de 120 días de pandemia y relativo encierro, y es posible que hayamos incluso perdido a gente querida. Esto solo tiene dos vías de salida: o lo resolvemos o se va hacia la línea de lo complejo, y nos afectará aún más la salud mental personal y colectiva.

En Guatemala, la salud mental es un tema pendiente, porque no se reduce únicamente a un hospital neuropsiquiátrico o a un momento de pandemia, sino a una población profundamente afectada por décadas. Hemos enfrentado fenómenos naturales traumáticos como huracanes, terremotos y erupciones, unos más y otros menos directamente. Los hemos ido conociendo y tenemos ya algunas respuestas ante ellos. Pero hay otras situaciones tortuosas y traumáticas que acá viven millones de personas sometidas a ellas por generaciones, como el hambre, la miseria, la violencia y la exclusión. “Cuando la causa es la naturaleza, la llamamos desastre, pero cuando es por causa de otro ser humano, le llamamos atrocidades”, apunta la doctora Herman. Encima, nos llegó la pandemia, y no sabíamos de qué se trataba todo esto al inicio, así que no teníamos las herramientas para salir adelante, ni comprendíamos la dimensión de una crisis que marcaría para siempre la historia de la humanidad.

Así y todo, el covid-19 llegó a este narcoestado corrupto, enfermo, secuestrado e injusto. Y tanto el poder económico como el político actuales, se han encargado de empeorar esta situación. La salud mental será uno de los desafíos mayores que enfrentará Guatemala cuando esto haya pasado. Porque más allá de una iniciativa de ley o de una respuesta a medidas cautelares, debemos ser capaces de visualizar el sistema de salud mental que queremos. Tenemos que procesar lo que estamos viviendo en las casas, en los hospitales, en los lugares de trabajo, en las familias y en las comunidades. Se están muriendo muchas personas cerca de nosotros y sentimos la impotencia ante ello. Hay que hablarlo. Hay que reconocer y nombrar la ansiedad, el miedo, la tristeza y la cólera que sentimos.

Todas las conversaciones empiezan hoy por el tema de la pandemia. Es normal. Hay que hablarlo para aprender a manejarlo. Entre más lo entendemos y lo procesamos, más lo conocemos y lo sanamos. Estamos encerrados, pero no debemos dejar de comunicarnos, porque lo que hoy nos separa es también lo que nos está uniendo. Solo las dictaduras piden silencio. Este país está muy roto, pero “cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare”, como dijo Galeano. “Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea”.