CAtalejo

La verdad, primera víctima de toda guerra

Un análisis sereno muestra realmente la imposibilidad de la muerte de la Verdad.

La guerra Estados Unidos-Israel-Irán resucita algunas características de los enfrentamientos bélicos desde el principio de los tiempos, claro está, con las diferencias derivadas del mundo de este siglo XXI. La más antigua de todas es la muerte de la Verdad y su sustitución con medias verdades, simples y sencillas mentiras o interpretaciones malintencionadas o fantasiosas de los hechos. Tanto los atacantes o los agredidos necesitan sentirse pertenecer al lado de los buenos o de los obligados a defenderse. Por supuesto, quienes atacan tampoco se identifican como agresores, especialmente cuando lo son. Históricamente los héroes están colocados entre quienes se autodenominan víctimas en el relato integrado a la historia, escrita por los vencedores.

La guerra no debe analizarse solo desde factores militares ni de obediencia ciega a todas las órdenes del jefe máximo.

En la confrontación actual, los atacados se autodenominan víctimas de los infieles por el factor religioso, sobre todo llevado a la exageración y al fanatismo, porque Dios debe estar también del lado de los buenos y de alguna manera premiar a los victoriosos. El factor del respeto a la cultura igualmente desaparece, se destruye intencionalmente, ya sea en la arquitectura y en la literatura, cierta música y demás. Esto lleva a contradicciones cuando los bandos comparten credos religiosos, como es el caso del cristianismo y del pensamiento musulmán. En la Segunda Guerra Mundial, hace apenas poco más de ochenta años, este crimen se cometió y los soldados de ambos bandos rezaban al mismo Dios para protegerlos de la muerte en el campo de batalla.

Un análisis sereno muestra realmente la imposibilidad de la muerte de la Verdad, lo cual también incluye cómo se califican y se consideran las acciones bélicas. Una victoria militar es calificada por unos como hecho aceptable y necesario, mientras los contrarios la califican de matanza o masacre. Sorprendentemente, el lenguaje participa también porque se convierte en un arma de guerra, como cuando se emplean conceptos como “bajas colaterales”, en vez de asesinato de inocentes, y este hecho criminal reduce su importancia según sea reducido el número de muertos por cualquier tipo de armas, a su vez calificadas de avances en la guerra, descaradamente considerada un arte, como es el caso del famoso estratega chino Sun Tzu, hace unos 2,500 años.

La tecnología actual a partir de guerras de hace algunas décadas se ha convertido en un instrumento para conocer la Verdad de algunos acontecimientos y hacerlo últimamente en tiempo inmediato. Ayuda asimismo a aumentar el conocimiento exacto del daño causado por los ataques, aunque —claro está— no puede indicar con esa perfección el número de muertes de civiles inocentes, el cual aumenta porque ahora las ciudades se han convertido, desde la Primera Guerra Mundial, en objetivos. Las fotografías, los videos y demás permiten hacer un cálculo casi exacto de los daños y, por aparte, el juicio de la Historia permite tener una mejor calificación ética y moral de hechos justificados por la manera distinta de decidir cuando la guerra altera a la mente.

Otro factor importante y también señalado por Sun Tzu es el necesario conocimiento y estudio del modo de pensar de un enemigo en lo personal y en su cultura, para compararlo con las características propias en estos temas. Los flancos débiles merecen igual análisis, porque es un error fundamental prever una reacción del enemigo en base a cómo responde quien planifica atacar. Para conocerlos es fundamental el papel de los asesores con la entereza, es decir la firmeza de ánimo para enfrentarse a decisiones equivocadas. Si no existen, los resultados pueden ser contraproducentes, con independencia de la cantidad y efectos de las armas o de las estrategias. Entonces, los jefes se vuelven sus propios peores enemigos y lo descubren cuando es demasiado tarde.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.