Al grano

Las reglas importan

Eduardo Mayora Alvarado emayora@mayora-mayora.com

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Casi siempre cuando nos cuentan de las ejecutorias de alguna persona que haya sobresalido por su dedicación y entrega a su comunidad, su organización profesional o empresarial o a su arte u oficio, nos viene aquel pensamiento de que son las personas las que hacen la diferencia.

Con frecuencia se escuchan comentarios de que un determinado país se ha desarrollado y es símbolo de progreso y bienestar gracias al carácter de sus habitantes. Cosas parecidas se dicen de ciertos productos: es más, hay quienes compran la misma mercancía si es fabricada en X país, pero no en otro.

Y, así, se van formando imágenes, estereotipos y prejuicios, a veces favorables otras, no. Yo pienso que en todo eso hay una cierta dosis de verdad, pero también cierta ingenuidad, cuando no ignoramos ciertas realidades fundamentales.

Me refiero a que la naturaleza humana es la misma y, como asentó Mises contundentemente, el poliglotismo no existe. Es decir, no solamente tenemos todos la misma naturaleza, sino que razonamos del mismo modo.

Y, así, acudo a otro comentario frecuente entre los iberoamericanos cuando plantean un misterio que, no lo es más que en apariencia. ¿Como es posible, se preguntan, que el mismo sujeto que aquí conduce a excesiva velocidad, bota la basura en la calle y se salta la cola, cuando llega a los Estados Unidos, es otro? ¿Respeta los límites, no abusa de los espacios públicos y hasta cede su lugar en la cola a una persona mayor? Pues, nada hay de misterioso; en los EE. UU., por lo general, esas conductas ilegales, abusivas o antisociales conllevan un coste para el infractor.

Hasta aquí, nada que no sea de cultura común; sin embargo, hay una segunda parte que, creo yo, con frecuencia se queda el tintero. Y esto es que las reglas no se aplican a sí mismas, como tampoco de acuerdo con los mismos principios.

El punto es que hay ciertas sociedades que han descubierto —como explicaba Hayek— en un proceso de prueba y error que, cuando las reglas se aplican por órganos independientes de manera consistente y a la generalidad de los casos de igual manera, entonces, surge un orden social capaz de prosperar y florecer.

En cambio, cuando las reglas se aplican selectivamente, inconsistentemente o respondiendo a directrices de grupos de interés o partidarios, difícilmente brota un orden social y, menos todavía, uno próspero.

En prácticamente cualquier sociedad hay personas excepcionales, de gran talento y llenas de virtudes. Pero son eso, excepcionales. Una sociedad abierta —en el sentido de Popper— requiere de que la generalidad de sus integrantes observen las reglas y, más importante todavía, que puedan formarse expectativas razonables en sus planes de cualquier tipo en la vida, con base en que esas reglas serán hechas valer por funcionarios independientes, de manera consistente y con arreglo a los mismos principios —de justicia, igualdad ante la ley, generalidad, etcétera—.

Esos funcionarios son, principalmente, los encargados del sistema de justicia. Jueces, magistrados, fiscales, defensores, etc. Estoy convencido de que, mientras los guatemaltecos no modifiquen las reglas constitucionales vigentes para que sus leyes se hagan valer del modo ya dicho, la prosperidad generalizada y el desarrollo no llegarán. Las personas cuentan, sí, pero también las reglas y los principios con base en los que se hacen valer.