Fundamentos
Las tres lecciones de Léster
Tanto en las actitudes del boxeador como en los gestos del equipo técnico que lo acompañaba estuvo siempre presente nuestra patria.
Los guatemaltecos nos agolpamos alrededor de la televisión el sábado por la noche para poder presenciar el combate boxístico de nuestro compatriota, Léster Martínez. Enfrentaba a un púgil norteamericano nada menos que por el campeonato interino del peso supermediano del Consejo Mundial de Boxeo. Aunque el encuentro tenía como sede la ciudad de San Bernardino, en California, estaba claro que, con la presencia de tantos connacionales allí, más bien parecía una pelea en la que el propio Martínez tenía la localía. Incluso el ambiente festivo de los chapines en el lugar hizo que los presentadores del espectáculo terminaran siendo contagiados de ese espíritu. Fue, por decirlo de alguna manera, una celebración nacional de principio a fin.
Luego de concluidos los 12 rounds del combate y después de escuchar lo que fue una decisión unánime y justa de los jueces, la alegría por el triunfo de Martínez se hizo sentir. Sin embargo, y sin entrar en consideraciones de lo meramente deportivo, hubo momentos muy importantes que rodearon el espectáculo y que ciertamente son mensajes que no pasaron desapercibidos para nadie. Esas son las lecciones de vida que el episodio nos dejó a todos.
El primero de ellos es el mensaje del esfuerzo individual, la constancia en aquello que se emprende y la confianza que se debe tener frente un reto de esa magnitud. En una disciplina deportiva donde los éxitos internacionales de nuestro país no han sido necesariamente abundantes o lo han sido ya muy distantes en el tiempo, Martínez fue labrando pacientemente su camino hacia este combate. Ni el pánico escénico —algo que a veces perjudica a los deportistas— ni los elogios distractores le bajaron la guardia. El éxito ha coronado la disciplina personal con que ha asumido su compromiso deportivo.
La disciplina, el amor a la patria y la gratitud son valores que pueden ser perfectamente trasladados del deporte —como es en este caso— al ejercicio de una sana y buena ciudadanía.
El segundo mensaje fue la identificación con su país. Desde el primer momento, tanto en las actitudes del boxeador como en los gestos del equipo técnico que lo acompañaba, estuvo siempre presente nuestra patria. Consciente de que aquello era un momento importante, las alusiones a Guatemala o las banderas que fueron expuestas en las imágenes de televisión hicieron recordar que este triunfo personal también tenía una connotación colectiva. Es decir, el boxeador sabía que tenia la atención de un país a sus espaldas y correspondió a ello.
Un tercer aspecto, quizá el más emotivo de la jornada, fue cuando el boxeador tomó el micrófono para dejar de lado las formalidades y dedicar el triunfo a sus padres. Hacerlo con el orgullo que lo expresó solo puede denotar una actitud de agradecimiento, de reconocimiento y de sentimiento de una misión cumplida para con quienes han acompañado sus pasos. Ello habla de la gratitud, del afán de devolver con expresión de afecto profundo lo recibido, que es la tercera gran lección.
Aún faltan retos importantes para este pugilista. Aparte de que el cinturón obtenido sea ya parte de su historia —y también de la nuestra—, los tres mensajes que este episodio nos lega son un recordatorio constante de que, más allá de la habilidad física o intelectual que un deportista pueda tener, existen valores que acompañan su conducta que lo pueden llevar al éxito. Además, el poder hacerlo con gran propiedad.
La disciplina, el amor a la patria y la gratitud son valores que pueden ser perfectamente trasladados del deporte —como es en este caso— al ejercicio de una sana y buena ciudadanía. El reto está en que podamos como sociedad impregnar a la política de estos valores imperecederos.