Miramundo

Llegaron de noche, la película

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

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“No es difícil ver que en la situación actual del país, la universidad tiene la ineludible obligación de criticar intelectual y universitariamente la realidad nacional, tanto en sus vertientes técnicos como en sus vertientes políticas. No solo para proponer soluciones y modelos de solución, sino para contribuir a formar una conciencia operativa que potencie o frene, según los casos, las fuerzas operantes del entorno social.

Los poderes sociales y políticos debieran ver en la crítica pública de la universidad un elemento indispensable del avance social y el equilibrio social”, escribió Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, asesinado por el ejército salvadoreño el 16 de octubre de 1989 junto a cinco sacerdotes jesuitas más y dos mujeres laborantes y residentes del Campus Universitario. Ese pensamiento era molesto para los verdaderos centros de poder salvadoreños de aquel momento.

Ignacio Ellacuría, quien llegó a El Salvador un día antes de su martirio, comentó a sus compañeros, justo en medio de la ofensiva que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) llevaba a cabo en aquel momento, “si me matan de día sabremos que fue la guerrilla; si me matan de noche, fue el ejército”. El poder de la palabra, de la enseñanza, de la construcción de la verdadera autonomía universitaria es complejo en una región donde el poder, bastante mediocre y miope en su devenir histórico, persigue y detesta a la razón.

El mercantilismo en los países centroamericanos, barnizado con normas de libre mercado, pero en la práctica boicoteadas desde las posiciones de poder, conduce a las sociedades a encontrar en la violencia el derrotero para luchar por sus ideales e intereses, lo cual dibuja una historia de exilio, prisión, intolerancia y muerte.

El martes pasado tuvimos la oportunidad de asistir a la proyección de la película Llegaron de noche, en la cual se narra desde la óptica de la única testigo de la masacre de la UCA, Lucía de Cerna, su calvario por optar declarar la verdad, una verdad que de forma ineludible acusaba al ejército salvadoreño de la cobardía, pero el gobierno de los Estados Unidos estaba institucional y políticamente comprometido para callarla. La Compañía de Jesús, la Universidad Rafael Landívar y el Centro Cultural de España en Guatemala nos brindaron la oportunidad para que, por medio de este esfuerzo fílmico, colombo español, se pudiera conocer y revivir de nuevo una realidad común para los países latinoamericanos, y de forma especial centroamericanos. En 1989, en El Salvador, bajo gobierno civil, se produjo la masacre de seis profesores universitarios comprometidos con la educación, sus ideales y el servicio. Hace poco fueron beatificados los “Mártires de Quiché”, tres sacerdotes y siete laicos, incluyendo un niño de 12 años, ejecutados por “odio a la fe” durante 1980 y 1991 en Guatemala, algunos en período de facto y otros con gobierno civil.

El Salvador y Guatemala no solo comparten frontera e historia, sino también los horrores de los desprecios absolutos al disenso, al pensamiento crítico y al respeto a la vida. Ninguna persona, temerosa de Dios o bien que se considere a sí misma como “correcta”, puede justificar cobardías como las vividas en ambos países; sin embargo, en las dos “repúblicas” existe un esfuerzo por tergiversar las verdades y confeccionarlas para la utilización de fines particulares e intereses individuales. Conocer la historia para no repetirla es clave, sobre todo para los guatemaltecos, que al parecer no aprendemos y optamos por creer que el abuso es la única forma de ejercicio de la función pública y a la vez acudimos a actos de fe, pero vivimos una realidad alejada de ella.