Con otra mirada

Los símbolos en la Arquitectura

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

En el Libro X de La República, Platón narra la muerte del armenio Er y la ascensión de su alma a un sitio maravilloso que describe detalladamente, así como su posterior regreso, que permite la resurrección de aquel hombre fallecido en combate. Desde lo alto, Er contempló ocho pesos encajados unos dentro de otros, que serían los ocho cielos: el de las estrellas fijas y el de los siete planetas a los que un inmenso huso impulsaba, provocando las rotaciones celestes.

La espiritualidad de los pueblos ha tenido una concepción del universo regida por números mágicos. La Hebdómada nos remite al número de las siete esferas planetarias; en tanto que la Ogdóada, al octavo cielo, que es la esfera de las estrellas fijas, a donde llegan las almas que al encontrar al Padre consiguen ser divinizadas y, por lo tanto, gozar de la felicidad suprema.

Ese conocimiento místico era solo accesible a los iniciados en los misterios, a través del cual el hombre podía abandonar su cuerpo y tras superar las siete esferas planetarias, acceder a la Ogdóada, en donde almas y ángeles cantan himnos con el Padre.

El tres veces grande, dios Ibis de Thot, conocido en Grecia como Hermes Trismegisto, padre de la filosofía hermética, afirmó que Egipto, tierra religiosa y simbólica, era la imagen del cielo en la tierra; en nuestro mundo sería la proyección de todo lo que es gobernado y puesto en movimiento en el cielo por los dioses: el templo del cosmos en la tierra.

La idea de que el templo reproduce en la tierra un modelo celestial fue común en otras culturas, como la mesopotámica, china e hindú. Los judíos y cristianos saben que el templo de Salomón, en Jerusalén, era una copia de un arquetipo celeste que Dios reveló a David y que los hombres se esforzaron en reproducir.

En la cultura mediterránea, en pos del desarrollo espiritual y deseo por adquirir conocimiento, el hombre buscó lugares sagrados en los que pudiera trascender de lo profano a lo sagrado, facilitando ascender a espacios situados más allá de lo terrenal. De ahí surgieron dos símbolos básicos en la arquitectura: el círculo y el cuadrado.

El cielo luce como una bóveda semiesférica que cubre la tierra. Es el lugar donde residen los dioses y a donde ascienden las almas de los muertos. El círculo es, por lo tanto, el símbolo de ese espacio celeste, de la unidad de lo absoluto en la medida en que se une a sí mismo y, por lo tanto, encierra la suprema perfección. No tiene principio ni tiene fin. Se opone a lo terrenal, representado por el cuadrado, símbolo de lo estático y lo material.

Un edificio sagrado puede tener una planta cuadrada que nos habla de la existencia del mundo terrenal y material que conocemos, cubierto por una cúpula semiesférica, que representa la bóveda celeste, decorada con representaciones que recrean el proceso de la ascensión: estrellas, nubes y ángeles. También es frecuente que la unión entre el cielo y la tierra esté representada por una escalera de siete peldaños, que coinciden con los siete grados de la iniciación espiritual.

Los templos, en todas las religiones, son recintos en los que prevalece la espiritualidad. El umbral separa dos mundos diferentes, el exterior del interior; es donde se produce el tránsito de lo terrenal a lo celestial, de lo profano a lo sagrado. Desde el interior, a través de las ventanas, lucernarios y óculos, como puertas celestes, el hombre puede entrar en contacto con lo trascendente.