De mis notas

Los votos cuentan

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

Llegado el momento, y habiendo sido declarado ganador por toda la maquinaria mediática demócrata, —y sin aún contar con el visto bueno final oficial—, el ascenso de Biden a la presidencia parece inevitable, a menos que pase algo similar a lo que aconteció en Florida en las elecciones del 2000, cuando George Bush, por un escaso margen, obtuvo los 271 votos electorales necesarios para llevarse la presidencia.

Y se vuelve casi obligado rememorar lo que aconteció en esas elecciones de Al Gore—George Bush, porque fue por un recuento ordenado por la Corte Suprema de Justicia, el 12 de diciembre del 2000, lo que cambió todo (por eso se oye la frase entre los abogados: This aint over yet. Esto aún no termina).

En el caso de Florida, la orden de la Corte Suprema resolvió una disputa relacionada con todos los votos nulos o “insuficientes. En adición a fallas de las máquinas de tabulación que no pudieron contar correctamente más de 61 mil boletas debido a un arcaico sistema de perforación. Agregado a lo anterior, el juez Antonin Scalia no estuvo de acuerdo con los recuentos manuales que se estaban dando, debido a la vulnerabilidad inherente a la manipulación humana, y de esa cuenta convenció a sus colegas de suspender las elecciones, lo cual hicieron en una per curiam decision, dictaminando 7-2 (jueces Stevens y Ginsburg discrepantes), por razones de protección de la igualdad, que detuvo el recuento y sostuvo la decisión original de la secretaria de Estado de la Florida, quien le había dado la victoria a Bush.

Según relata Andrew Busch, autor de The Perfect Tie: The True Story of the 2000 Presidential Election (El empate perfecto: La verdadera historia de las elecciones del 2000): “Basado en encuestas a pie de urna defectuosas, los medios ‘dieron’ Florida a Gore. Pero cuando Bush obtuvo ventaja en el recuento de votos real, los medios se retractaron. La noche electoral terminó con Bush con solo unos 2,000 votos más y volvieron a anular la votación. Gore ya había concedido la pérdida, pero al ver lo cerca que estaba, la retiró”.

La situación, por supuesto, ha cambiado mucho desde entonces. Estas elecciones han sido las más polarizadas en la historia política de los Estados Unidos. La campaña de Bush aún debe probar ante la Corte Suprema los alegatos con su equipo de abogados. Pero Trump, quien ha sido demasiado visceral y reactivo en sus declaraciones iniciales, ha generado, incluso en su propio campamento, descontento, debido a la importancia de mantener una imagen presidenciable sobria, en la que, con mesura, debe argumentar su caso enfatizando la importancia de respetar el voto de los ciudadanos y el imperio de la ley. La Corte Suprema, sin duda alguna, al margen de las implicaciones legales, tomará en cuenta el costo-beneficio de sus resoluciones en términos del impacto que tendrán en la estabilidad nacional.

Por otro lado, aparece un Biden crecido, presidenciable, mesurado, llamando a la unidad, con una ventaja considerable que se hará oficial hasta la fecha tope. Es un momento de algarabía y celebración para los demócratas que están a un paso de ganar también el Senado, lo cual sería muy dañino para el sano balance de poderes, al dejar una vía libre a los demócratas para llevar a cabo costosos programas en temas de energía, medioambiente, acuerdos comerciales y lo relacionado al welfare state. Todo lo cual pasará una factura muy alta. Las estimaciones más conservadoras, solo del costo del green new deal, por ejemplo, ascienden a US$18 trillones.

Y como no hay almuerzo gratis, como dijo el nobel Buchanan, ya sabemos quién lo pagará.