Rincón de Petul
Más allá del péndulo
Hoy toma posesión un nuevo fiscal general en Guatemala.
Un hombre yacía tirado boca abajo, nariz a la banqueta, afuera de la puerta abierta de una tienda en la zona 16. La gente caminaba. Le caminaba a la par y hacia un lado; por encima y alrededor. Fue el domingo pasado a las tres y la calle estaba ocupada. Yo pasé en carro, también, no habiéndolo notado en un principio. “Ala, miren a ese bolo”, dijo alguien adentro del carro, como lo habrá dicho ese padre que pasaba a su par, de la mano de su hija.
Romper la política de lo abyecto
El bolo estaba inerte, en una posición todo menos natural. Sus extremidades desacomodadas, como desacomodado cae el cuerpo por cuyas venas ya no corre vida. Pero había brochazos que desencajaban esa escena con lo más común. Su ropa, en realidad, se veía limpia y funcional. No era la de un vagabundo. Y los zapatos, ninguno de los dos faltaba, estaban también enteros. Parecían, de hecho, de gamuza. Aun, la gente —nosotros en el carro incluidos— igual transitamos a su par. Cada quien en lo suyo. Cada quien, normal. Pocos minutos después, el hombre quedó olvidado. Seguramente, nadie ahí era un villano. Solo obedecíamos un código social que es ya propio. Que es tácito, pero cierto: la vida aquí vale tan poco, que un cuerpo tirado, entre la vida y la muerte, no es más que paisaje momentáneo.
Los cínicos normalizarán la situación. Un bolo más, qué más da. Pero hay aquí una tragedia que nos sumerge aún más bajo y nadie la podrá negar: Si ese hombre se hubiera sabido que estaba muerto, también habría sido tomado por el público como mero entretenimiento.
Las redes son reflejo también de esto. “Video capta momento en que mujer muere atropellada”, dice un titular de un medio reconocido. Negar que aquí la muerte —y la trágica más— es pasatiempo, esparcimiento, sería negarnos a nosotros mismos. La tendencia periodística tiene una razón de ser. Lo cuelgan con una foto tomada justo previo al fatídico momento, y ahí atrás va el batallón a darle click. Pero igual, van porque les es entretenimiento. Claro, hasta que esa atropellada, ese baleado o ese apachurrado es el hijo propio, la hermana o el amigo personal. Hasta ese momento, la cosa cambia en un pueblo que parece no importarle volverse desalmado.
Hoy toma posesión un nuevo fiscal general en Guatemala. Y se cierra la puerta a una era inapropiada de ese alto organismo oficial. Se entiende, su función de perseguir delincuentes es su cara más visible. Y con esa tinta, la institución fue tomada para apagar un movimiento de persecución contra ciertos protegidos; y para girar la mira hacia otros más incómodos. La política de lo abyecto haciendo su verdadera función. El tiempo y los recursos, no quedaron, claro, para hacer algo más profundo. Es algo tan lejano, que escribirlo suena hasta tonto e iluso.
Un hombre yace boca abajo en la zona 16 y la gente deambula a su lado. ¿Es eso responsabilidad directa del Ministerio Público? Tal vez, no. O tal vez, no solo. Pero en este día cuando se cierra en esa institución una etapa que causó desconsuelo, algo es innegable: en un país, donde la institución encargada de proteger la vida abandonó su misión por tantos años, los ciudadanos también aprendimos a abandonarla.
Hoy entra a Gerona una nueva plantilla. Escucho un discurso oficial encargado de difundir un nuevo mensaje: La misión, detener el péndulo de la persecución política. Seguramente, tienen razón. Pero ojalá quepa, además, regresar la institución hacia la justicia necesaria para el pueblo. Esa que, al fin, es la razón de ser de tan alto organismo.