Aleph

Miénteme más: marca de fábrica

Carolina Escobar

Armando Domínguez Borrás fue el autor mexicano de la famosa canción “Miénteme”, que se cantaba más en el tiempo de mis padres pero se sigue cantando hoy. La escuché como música de fondo al inicio de este nuevo año, y me di cuenta lo fácil que era recordar esa parte de la letra que dice: “y qué más da, la vida es una mentira/miénteme más, que me hace tu maldad feliz.” No pude evitar asociarla a una reflexión que me ronda desde hace algún tiempo: ¿Por qué en Guatemala nos gusta que nos mientan, que nos vendan mentiras aunque estemos viendo y viviendo una realidad que habla sola? ¿Por qué creemos en discursos caducos o sin fundamento, aunque sepamos que ponerlos en práctica no resuelve ninguna realidad? (Aplíquese por igual al amor que a la política).

Manuel Alvar, en su libro sobre canciones de amor medieval hasta las soleares, comenta que ya bastante se analizado la identificación de la gente en Hispanoamérica con el discurso, la retórica y la problemática amorosa del bolero, hasta llegar a considerarlo “la lengua natural del amor en Hispanoamérica”. En el mismo libro, se cuenta que D. H. Lawrence dijo que “en los pueblos anglosajones el amor era algo embarazoso porque nunca se objetivaba con palabras; los pueblos latinos, en cambio, viven el amor como un hecho cotidiano acompañado de una exuberancia verbal”. También en el libro se cita a Iris Zavala, quien habla del bolero como “un pensamiento erótico que se piensa a sí mismo”. Pero ¿qué tienen que ver los imaginarios sociales con las canciones? Todo. La música nos refleja, nos explica y al mismo tiempo nos forma por generaciones. Quizás allí esté parte de la respuesta. ¿Acaso no aceptamos mentiras que vienen por igual de los amores, los gobernantes o de ciertos líderes religiosos, porque nos hace su maldad feliz? ¿No hay en ello un persistente masoquismo?

A veces pienso que esta necesidad masoquista de que nos mientan es como una marca de fábrica nuestra. No solo guatemalteca, pero mucho más guatemalteca. Será también porque Guatemala duele bastante cuando se vive desde la conciencia plena del país que aún no somos y queremos ser. ¿Cómo no creerle a cualquier político mediocre que ofrece cambios cuando en el único lugar donde se ha estado es lejos de cualquier oportunidad de vida digna? ¿Y quienes sí han tenido oportunidades pero siguen creyendo en las mentiras de los políticos, no lo hacen acaso desde una mirada bastante infantil, ignorante y mágica de quienes necesitan siempre creer en alguien, aunque ese alguien le mienta? ¿Cómo no creerle a cualquier pastor o cura que prometen vida eterna, feliz y en abundancia, cuando en la tierra lo único que se ha tenido es precariedad, sufrimiento o violencia? ¿Cómo conjugar el bolero, la realidad de hambre y falta de oportunidades, y el persistente discurso de la “felicidad” del aquí y ahora, sin que nadie o nada más importe? ¿Cómo no darle el beneficio de la duda a políticos mentirosos que ofrecen cambios y carreteras, a cambio de corromper y aceitar hasta el último engranaje de la corrupción? ¿Cómo no creerle a una publicidad de tarjeta de crédito que nos asegura que existen cosas que el dinero no puede comprar, pero que para todo lo demás están ellos asegurando unas experiencias inolvidables? ¿Cómo no aceptar las mentiras de la persona amada, si nos ha jurado amor eterno y a lo mejor nadie más nos amará? No hay nada que no puedan resolver un par de mentiritas piadosas y socialmente convenidas.

Yo no sé qué es lo que nos hace aceptar tanta mentira repetida; si todo lo anterior, más el realismo mágico que abunda por acá, o quizás lo que bien expresa aquella frase de Julio Cortázar: “probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.