Sin fronteras

Motos: una cuestión de clase social

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Esta vez me tocó a mí. Bajo porrazos de agua, lesionado y tirado, en medio del denso tráfico de una noche por la zona 10, hace un par de semanas, cuatro hombres me llegaron a levantar del pavimento. Levantarme a mí y a mi motocicleta, tras un desafortunado resbalón. Aunque por lo que alcancé a ver, solo uno de ellos era colega motorista, los otros tres compartían con él una particular similitud: todos eran de clase trabajadora; obreros. Dos tenían puesto el uniforme de alguna empresa. Daban apariencia de ser personal de mantenimiento. El otro, un señor de más avanzada edad, cojeaba. Su aspecto era humilde, pero fue quien me supo levantar con el cuidado necesario. Se notaba que ya había estado en estas.

La 20 calle, lugar del incidente, estaba estancada por el tráfico del final de la jornada de un día jueves. Pero de los carros más bonitos, los que estaban detenidos a la par, nadie se lanzó a la lluvia a ayudar a quien recién y frente a ellos se había estampado en la calle. El dolor de la caída fue instantáneo, pero pasajero. Pero aún atolondrado, lo que iba pensando mientras me llevaban cargado de brazos hacia el resguardo de la banqueta es cómo la simpatía, y por tanto también la antipatía hacia las motos en la ciudad, va ligada a la condición de clase.

Se percibe en la ciudad prejuicio contra los motoristas por parte de quienes no dependen de ese medio de transporte. Constantemente, en conversaciones —presenciales o virtuales— vemos y escuchamos manifestaciones de desconfianza y desaprobación, que vienen en forma de generalizaciones. Y es que cierto es que existen motoristas que conducen de manera temeraria, poniendo en peligro la integridad propia y de los demás; y que existen tantos otros que irrespetan las reglas de tránsito, de forma flagrante e imprudente. Algunos, incluso, lastiman a personas o a vehículos y se dan al escape, sin resarcir los daños causados. ¡Solo Dios sabe cuánto espejo retrovisor ha caído víctima de uno de estos insolentes! Pero lo que también es innegable es que estas faltas al comportamiento urbano no son exclusivas de quienes se conducen en motocicleta. Y tampoco es cierto decir que todos los motoristas se comportan así. Una evidente falacia por generalización toma lugar, y con ella, se abre paso a la discriminación de toda una clase, que tiene el ingreso limitado para adquirir otra forma vehicular. Una moto fiable puede obtenerse por unos 5 mil quetzales. Monto imposible para conseguir un carro que no se destartale a la primera.

Mi intención no es hacer aquí apologías inmerecidas. Algunos, o muchos, de quienes sienten ese resquemor del que hoy hablamos, han sido víctimas de algún ingrato, que, tras la ofensa, quizás incluso se dio a la fuga. Pero por lo regular los estigmas sociales negativos los lleva la gente que no tiene plata. Vivir en cierta zona a la que quienes no viven ahí le llaman “roja”. O ser peatón por la noche, en una calle oscura del centro de la ciudad. El “brocha” de la camioneta, todo agente de policía. Tantos juzgados con la reprobación de quien le mira desde arriba. Y claro, el de la moto. Ese al que la gente “detesta” por el hecho de existir.

No sé qué pretende la gente. ¡Imagine cómo sería el tráfico de la ciudad si cada motorista, en vez, tuviera un carro! Insistiendo en resaltar la falta de intención de hacer de esto una apología, rescato de los motoristas que son el gremio que en la ciudad he conocido más solidario entre ellos mismos. Cae uno y todos los demás paran y le auxilian. Y similar cosa sucede entre quienes, sin ir en moto, son de la clase trabajadora. Miran en el motorista, quizá a papá o a la hermana, o al hijo, que todos los días se monta en esa temeraria máquina para traer de vuelta el pan para la casa.