La buena noticia
Ni egoísmo ni soledad: la Santísima Trinidad y la “Magnífica humanidad”
Que, afirmaba Benedicto XVI, “nos sintamos llamados a la vida trinitaria, como hijos del Padre, hermanos del Hijo y templos del Espíritu Santo”.
La noche del 23 de noviembre de 1654, un filósofo llamado Blaise Pascal (1623-1662) vivió una experiencia que lo marcaría para el resto de su vida. Esa misma noche escribió lo que le había sucedido en un trozo de pergamino, que luego llevó consigo cosido al forro de su chaqueta toda su vida, afirmando: “Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de filósofos y sabios”.
Que se valore cada vida humana, cada rostro como parte de la familia del Dios Trinitario.
Sin duda, una experiencia “personal de impacto”, pues en realidad el rechazo a Dios como un personaje frío, solitario, dado al juicio implacable, a la vigilancia constante o, peor aún, desinteresado de los dramas humanos, como una IA descontrolada; tales conceptos han “justificado”, por así decirlo, el ateísmo académico y práctico: ante un “Dios así” mejor me cuido yo, veo por mí mismo, pues “luego de esta vida no existe nada”: “Dios no existe, puedes vivir tranquilo”, invitaba a pensar el británico R. Dawkins (1941-) en su Espejismo sobre Dios (2006). Papa Francisco, hablando de Pascal (“Sublimidad y miseria del hombre”, 2013), invitaba a descubrir al Dios Trinitario, “ni egoísta ni solo”, que la Iglesia Católica celebra mañana como una “familia” (Padre, Hijo, Espíritu Santo), desbordada hacia fuera de sí misma en la creación y redención del ser humano, su mejor obra. Ya en la naturaleza humana llamada a la vida familiar y social —Platón, s. IV a. C.— se revela el ADN de lo trascendente, ese Dios Trinitario sin el cual, en el fondo, es imposible comprender al hombre mismo. Si bien las excelentes vías de S. Tomás de Aquino (1225-1274) son del todo válidas para explicar la existencia de Dios, lo que mueve también a la Fe más allá de la razón y, sin conflicto con ella, es “el Dios de Jesucristo”, el Dios Trinitario, ante el cual, sin embargo, hay posturas desviadas y lamentables: 1) Un “dios que es naturaleza” cuando más bien ella misma no es sino una obra suya y no una “madre” ante la cual no se explicarían las desgracias naturales (un fenómeno El Niño en 2026 que amenaza cosechas y vida, pandemias que matan millones, etc.). Por ello, la encíclica Laudato si’, de Papa Francisco, reubica al hombre como creatura divina, hijo de un Dios Padre, que no es ni caprichoso ni matón, pero que conjuga la fragilidad y libertad humanas que por sí solas pueden causar no solo crisis climáticas, sino peor aún, guerras y genocidios. Surgen preguntas: “Si Deus, unde malum?” (si hay Dios, ¿de dónde viene el mal?), a la que se puede responder: “Si non Deus, unde bonum?” (si no hay Dios, ¿de donde sale el bien?). 2) Un Dios Hijo, que —como fue celebrado el año pasado en los mil 700 años del Concilio de Nicea— es “verdadero Dios y verdadero hombre”, contra las creencias mormonas que niegan la Trinidad, y donde Cristo sería “otro Dios”, o los Testigos de Jehová, quienes lo tienen por el arcángel Miguel encarnado, olvidando que es una persona con dos naturalezas y que, por ello, “lo asumido en verdad sí puede ser redimido” (Gregorio Nacianceno, siglo IV d. C.). 3). Un Dios Espíritu Santo que no es un “toque eléctrico o adrenalínico” dispensado por un predicador(a), sino quien habita en sus templos vivos: los cuerpos humanos, según 1 Corintios 6, 19-20, y que trata, aun con la oposición posible de la voluntad y libertad humanas, de orientar hacia una “vida nueva en el Espíritu”. Que, afirmaba Benedicto XVI, “nos sintamos llamados a la vida trinitaria, como hijos del Padre, hermanos del Hijo y templos del Espíritu Santo” (25.11.2009). Y que, como lo pide Papa León XIV en su primera encíclica, Magnífica humanidad de esta semana, se valore cada vida humana, cada rostro como parte de la familia del Dios Trinitario (visitar: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html).