La antorcha
Nicaragua vulnera la seguridad democrática de Centroamérica
La diplomacia guatemalteca, que tiene un peso relativo en la región, si se ejerciera con efectividad, debería tomar iniciativas.
Daniel Ortega Saavedra, quien somete con mano férrea e implacable al noble pueblo nicaragüense, sin permitir disidencia alguna, incluyendo a la de índole religiosa, aprovechó la celebración del 47 aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista (1979) para expresar categóricamente ante militantes debidamente endoctrinados, “aquí no volverá a haber elecciones”. Ortega, además, tuvo la impensable osadía, sin miramiento, y con clara ofensa al devoto pueblo católico nicaragüense, de cerrar así su sesgado discurso político: “Y estamos en esta plaza que lleva el nombre de Juan Pablo que estuvo en Nicaragua, y recientemente, el cardenal estuvo reunido con su santidad el Papa, el nuevo papa, que ha mostrado una gran fortaleza para denunciar a los que quieren oprimir a los pueblos. Y le decimos al Santo Padre: ¡Gracias, gracias, gracias, por sus bendiciones!”. ¡Qué ironía! Han reprimido y expulsado a miembros de la Iglesia católica nicaragüense.
Se ciernen serios nubarrones al observar cómo va evolucionando el actual régimen de Nicaragua.
Los gobiernos del Sistema de la Integración Centroamericana (Sica) que cuestionaron públicamente esas declaraciones fueron Costa Rica, Panamá y Guatemala. El resto de países miembros del Sica: El Salvador, Honduras, Belice y República Dominicana, entiendo que aún no se han pronunciado.
Es importante destacar que lo expresado por Ortega también viola el Tratado Marco de Seguridad Democrática en Centroamérica. Este tratado fue suscrito en 1995 por todos y cada uno de los países de la región, incluyendo por supuesto a Nicaragua, durante el mandato de la presidenta Violeta Barrios de Chamorro (1990-1997). Si este tratado, que es un pilar de los sistemas democráticos y de defensa de los derechos humanos, perdiera vigencia por Nicaragua, se abren las condiciones para una carrera armamentista desproporcionada. Eso posibilitaría un desequilibrio en el balance de fuerzas de defensa en la región. Y apuntaría a que este país hermano vuelva a convertirse en un momento dado en foco de tensión militar de repercusiones regionales.
El Gobierno de Guatemala, presidido por Bernardo Arévalo, desafortunadamente ha priorizado las relaciones con los organismos multilaterales, esencialmente la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA), dejando en un lejano segundo plano al Sica. Si bien la Constitución de la República hace referencia a la importancia de la cooperación y de la integración centroamericana, se ha descuidado abordar oportunamente con visión estratégica los desafíos de Centroamérica al más alto nivel político y de relaciones exteriores. Hay que recordar que, en materia comercial, los mercados de los países del Sica en su conjunto equivalen en importancia al mercado de los EE. UU. Para Guatemala debe ser esta región un eje prioritario y estratégico, más aún cuando se ciernen serios nubarrones al observar cómo va evolucionando el actual régimen de Nicaragua. Esto, en el contexto hemisférico de lo que ha sucedido y está sucediendo en Venezuela y Cuba. Y en el mundo, con China, Rusia e Irán, aliados históricos de Daniel Ortega.
La diplomacia guatemalteca, que tiene un peso relativo en la región, si se ejerciera con efectividad, debería tomar iniciativas. Debe procurar evitar que la situación de Nicaragua afecte y amenace la paz, la estabilidad, la integración y el desarrollo de los pueblos de Centroamérica. Quizá empezando con acercarse a los vecinos de El Salvador y de Honduras, del que somos parte del denominado Triángulo Norte de Centroamérica.