Aleph

“No debemos ser ya invisibles”

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Escuchar a las niñas, niños y adolescentes siempre trae un sentido de verdad intrínseca que emociona, cuestiona y compromete. Cuando tengo frente a mí a un ser humano menor de 18 años, siento una curiosidad inmensa por la dimensión de su palabra y su experiencia. Siempre dicen cosas verdaderas. Por ello, cuando Fabrizio, el joven que participó en el Foro La voz de las Niñas, Niños y Adolescentes en el Sistema de Justicia, en el Día del Niño, dijo “no debemos ser ya invisibles”, me recordó la importancia de poner en el centro de todas las agendas políticas y sociales a la niñez y la adolescencia. Él llegó al país por invitación de Casa Artesana, representando a los niños, niñas y adolescentes con referentes privados de libertad (NNAPES), porque tenía a un familiar suyo en la cárcel, como tantas y tantos otros en América Latina y el mundo. Luego conversarían él y otros chicos con las adolescentes de Asociación La Alianza en las mismas circunstancias. La experiencia fue memorable desde el inicio, porque para que ellos pidieran ante un amplio público que se considerara la integridad de cada niña, niño o adolescente cuando estos enfrentan la captura de un padre o una madre, la magistrada María Eugenia Morales, presidenta de la Cámara Civil, abrió ese día las puertas de la Corte Suprema de Justicia, dándoles así la posibilidad de expresarse en uno de los lugares donde se aplica la justicia que alcanza a personas como sus familiares, hoy privados de libertad. Ese “no debemos ser ya invisibles” de Fabrizio me recordó que, hace 30 años, el mundo adoptó la Convención de los Derechos del Niño (aún creían que niño era una categoría que integraba a niñas y niños). Guatemala ratificó esa histórica Convención un año más tarde, en 1990. Su sentido profundo fue monumental: consignó que las niñas, los niños y adolescentes son sujetos de derechos y no solo objetos de atención de los Estados cuando cometen un delito o son víctimas de uno.

Sin embargo, en Guatemala ni siquiera contamos hoy con un sistema de protección integral para la niñez y la adolescencia. En este lugar de miopías, crisis políticas interminables, impunidad y corrupción, hay una mayoría de niñas y niños que siguen siendo tratados según las reglas de la situación irregular anterior a 1990. Son tratados como propiedad de los adultos, como delincuentes, como enanos mentales sin derechos, o como seres menores sin voz ni voto en las decisiones de su propia vida. La clase política ni siquiera ha entendido que no ha entendido nada sobre la niñez y la adolescencia, sobre la ética del cuidado y sobre lo que significa invertir hoy en NNA para tener mañana un país. La prueba reciente más contundente en este sentido son las 56 niñas y adolescentes que ardieron el 8 de marzo de 2017 dentro de un hogar de protección del Estado, obligado a cuidar de su población abrigada.

Poesía del horror: en Guatemala las niñas de 12 años pueden ser descuartizadas por negarse a bailar con un hombre armado en una fiesta; los niños que roban comida pueden ser institucionalizados, y los adolescentes que deciden emigrar al norte pueden morir en el intento. Aquí, cada 3 horas se registra un embarazo en niñas de 10 a 14 años, y cada 18 minutos uno en adolescentes entre 15 y 19 años. Un joven puede ser económicamente mejor recompensado por una pandilla o por el crimen organizado que en un empleo (si lo encuentra). La desnutrición crónica sigue afectando a 1 de cada 2 niños y niñas menores de 5 años, habiéndose incrementado de un 47 a un 70% en el último año. La inversión en NNA es de US$0.93 diarios, la más baja de América Latina, y hay niños matando niños, en vez de haber aprendido a cuidarse entre sí. Y podría seguir. Le apuesto a una pedagogía del cuidado y no a una de muerte y abandono. Por ello también le apuesto a que se apruebe en el Congreso la Ley 5285 del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñez y Adolescencia; a una política pública de niñez y adolescencia; a un presupuesto nacional con enfoque de niñez y adolescencia, y a que las niñas, niños y adolescentes sean escuchados y participen, para que jamás vuelvan a ser invisibles.