Aleph

No es ideología política, es corrupción

Carolina Escobar

Que haya llegado James Morales al poder no es ideológico. Que hayan puesto a Jovel, Deggenhart y Porras en puestos clave no es ideológico. Que hayan sacado a la Cicig no es ideológico. Que haya llegado Giammattei a la Presidencia no es ideológico. Que haya demora en la elección de magistraturas de la CSJ por más de un año no es ideológico. Que, en cambio, la elección de magistrados y magistradas a la Corte de Constitucionalidad se haya hecho en tiempo récord y hayan terminado allí Molina Barreto y Rosales, entre otros, no es ideológico. Los ataques al procurador de Derechos Humanos, al fiscal Sandoval y a juezas, jueces y magistrados independientes no es ideológico.

Eso es parte de una estrategia de largo plazo que ha venido tejiéndose, con todo y lobby, en Washington, sin prisa, pero sin pausa. Que haya personas de la derecha o la izquierda que desde las redes y/o espacios públicos de análisis defiendan o fustiguen a personajes corruptos que antes o ahora han ocupado puestos públicos no quiere decir que esos diputados, jueces, magistrados, fiscales y demás funcionarios señalados correspondan a dichas ideologías. A ellos poco les importan las ideologías, porque operan para el pacto de corruptos y a la única ideología que responden es a la de la corrupción; o están siendo patrocinados por sus financistas o responden a sus intereses corporativos. Eso es lo que defienden.A esa ideología de la corrupción le conviene que la ciudadanía esté dividida y que el pensamiento monolítico y binario se sostenga. Le conviene que nos creamos que es una lucha entre izquierdas y derechas, cuando es una en la que nos estamos jugando el presente y el futuro de Guatemala. El cada vez menos convincente simplismo desde el que los defensores del pacto de corruptos sitúan un problema estructural e histórico como la corrupción en el marco de las ideologías políticas sigue siendo el recurso más usado durante las crisis. Y es porque ha funcionado.

En un “país” violento y pobre, sin educación, con desnutrición, sin seguridad, con corrupción e impunidad, es fácil comprar los discursos de quienes gritan más fuerte o tienen más poder económico y político. Además, en Guatemala, cada día hay un distractor que impide darles continuidad a procesos iniciados en contra de la corrupción y nos pide tener como estrategia la permanente contención del avance de las alianzas criminales. A esto sumemos la preocupación en tiempo de pandemia de unas vacunas que nunca llegan o llegan poco y mal, y de los fenómenos naturales.

Pero hay miedo ahora, y por primera vez en serio, entre algunos corruptos. Miedo a ser señalados públicamente por primera vez, a perder privilegios, a ser rechazados social y familiarmente dentro de sus grupos de identidad y pertenencia, miedo a perder poder, a ir por las calles y ver dedos que los señalen o a estar en restaurantes y escuchar voces que griten sus nombres, asociándolos a la corrupción. Pero como dijo alguien que se acostumbró a matar: “La primera vez no pude dormir por varias noches y tuve pesadillas por algún tiempo. Después me acostumbré”.

Esos acostumbrados a corromper y corromperse ya tienen la piel demasiado gruesa y solo las consecuencias fuertes (o la presión constante de EE. UU.) pueden hacerles reflexionar un poco. Quizás. Pero la ciudadanía también se ha acostumbrado a la corrupción, “con tal de que algo hagan”, y esto debe detenerse. Un día podremos jugar a la democracia real, participativa e inclusiva, y entonces volveremos a hablar de las derechas, las izquierdas, los centros y los grises de cualquier sistema político. Pero ahora nos toca unirnos y estratégicamente intentar erradicar la corrupción, para levantar un país de verdad. Este será un proceso de largo aliento que nos pide no cansarnos y atrevernos a nombrar lo que nos impide alcanzar el sueño. Muchos espacios de análisis y propuesta se han abierto, mucho se ha logrado detener. Pero nos falta un país, nos falta pensar más estratégicamente y unirnos más.