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No todos estamos en el mismo barco

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

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“Todos estamos en el mismo barco”, decían al inicio de la pandemia. Sin embargo, aunque a primera vista esta afirmación podría parecer correcta, en mi opinión el coronavirus muestra lo contrario, es decir, está exacerbando algunas de las desigualdades específicas del sistema socioeconómico en el que vivimos. La cuarentena ha demostrado ser una oportunidad de relajación para muchas personas, mientras que para quienes viven en la pobreza y han perdido sus empleos se ha convertido en una verdadera pesadilla.

No estamos en el mismo barco, pero sí en la misma tormenta. Hay quienes ya están en el mar nadando contracorriente, otros tienen solo un chaleco salvavidas, algunos están en un bote a la deriva, y unos pocos en un yate de lujo muy seguro. Lo que sí es verdad es que todos estamos en un inminente riesgo, con fuertes corrientes que arrastran irremisiblemente, y aunque algunos sientan que son inmunes a la crisis, la fuerza del remolino los terminará halando también a ellos al fondo del mar.

Estas diferencias profundas se pueden identificar en varios niveles. Desde un punto de vista macro, la primera desigualdad ciertamente la hace el país donde usted nació y vive. Si es una nación desarrollada, con capacidad económica, donde se tiene acceso a un buen sistema de salud, etcétera. O si vive en uno del tercer mundo como Guatemala.

Y al enfocar la lente a un nivel más cercano, o sea micro, la pandemia está descubriendo una gran cantidad de desigualdades. Aquellos que han perdido sus trabajos, los profesionales autónomos, los pequeños comerciantes o artesanos que han tenido que detener sus labores, las personas que no disfrutan de subsidios especiales o ayuda pública y no tienen ahorros, así como muchos trabajadores temporales, que hoy engrosan las filas de los nuevos pobres.

Hasta los grandes empresarios se quejan de que han disminuido sus ventas entre un 70 y 80 por ciento y pueden darse por afortunados, ya que aún siguen a flote. El mundo de la producción y el trabajo están de rodillas. Muchos no saben si podrán reiniciar su empresa o levantar su negocio. Dentro de las mismas categorías podríamos hablar sobre cómo la pandemia tiene un alcance completamente diferente según el sector. Piense en dos pequeños empresarios, de los cuales, el primero posee un hotel mientras que el segundo tiene una tienda de comestibles. Uno tuvo que cerrar y al otro se le incrementaron sus ventas.

Hoy, más que nunca, se requeriría de la habilidad y competencia del gobierno para tomar decisiones en el interés único y exclusivo de los ciudadanos. Es difícil pensar que esta decisión dependa de la tan cuestionada clase política y sean ellos quienes tengan en sus manos el poder para sacar al país del abismo. Igualmente, es difícil pensar que la llamada sociedad civil y la gente común puedan superar la indiferencia hacia los demás y comprender que la única manera de salir avante es la solidaridad. Esta es la oportunidad de volver en sí, ver la realidad y entender que, si estamos esperando que el Gobierno actúe, entonces nos quedaremos esperando sentados en nuestro barquito, viendo cómo se van hundiendo los que nos rodean uno por uno, y algunos por quererse salvar seguramente se sostendrán en nuestro bote y nos terminaran hundiendo también. Hoy más que nunca debemos ser verdaderamente empáticos y cambiar nuestra óptica de la vida en relación con los demás.

Lo invito a que no sea indiferente ante el hambre que están padeciendo muchos guatemaltecos. Si sus posibilidades se lo permiten, adopte a una familia, o lleve en su carro una bolsita con arroz, frijol, leche en polvo, harina para tortillas, para entregarle esa ayuda a quien le dicte su corazón.