Pluma invitada

No vemos lo que nos está haciendo el cambio climático

Investigaciones recientes indican que el efecto de la temperatura en la salud humana depende en gran medida de las adaptaciones locales.

Muchos de nosotros somos conscientes de que el cambio climático es una amenaza para nuestro bienestar. Pero lo que aún no hemos comprendido es que la devastación causada por el cambio climático a menudo tiene tanto que ver con catástrofes que acaparan titulares como con la acumulación más sutil de innumerables efectos desiguales y lentos que ya están en marcha: los costos casi invisibles que quizá no susciten la misma alarma pero que, por su omnipresencia y desigualdad, pueden ser mucho más perjudiciales de lo que comúnmente se cree. Será fundamental reconocer estos costos ocultos mientras nos preparamos para el calentamiento que tenemos por delante.

La responsabilidad de mitigar el cambio climático a nivel local recae en parte en las instituciones públicas, no solo en lo que respecta a fomentar la reducción de emisiones, sino también de facilitar la adaptación. Con mucha frecuencia, el discurso público respecto al cambio climático pasa por alto el lugar central que ocupan las instituciones locales en esta última función, cómo gran parte del dolor constatado a nivel local no depende solo de los fenómenos físicos del cambio climático en sí, sino también de cómo interactúan con los sistemas humanos: económicos, educativos, jurídicos y políticos.

Comencemos por el calor, que está matando a más personas que la mayoría de los desastres naturales en conjunto. Las investigaciones muestran que las olas de calor sin precedentes son solo una parte de la historia. En cambio, puede que sean los mucho más numerosos días ordinarios de calor los que causen la mayor parte de la destrucción social, entre otras cosas por sus complejos y a menudo desapercibidos efectos sobre la salud y la productividad humanas. En Estados Unidos, incluso las temperaturas moderadamente elevadas (días de 25 o 32 grados Celsius) son responsables de tantas muertes como las olas de calor de 37 grados en adelante, según mis cálculos basados en un reciente análisis de registros de Medicare.

En algunos sectores muy expuestos y físicamente demandantes, como la minería, un día en el que la temperatura oscile entre 32 y 37 grados Celsius puede aumentar el riesgo de lesiones en más de 65 por ciento en comparación con un día en el que la temperatura permanezca entre los 15 y los 21 grados Celsius. Aunque algunos de estos incidentes son casos evidentes de enfermedad por calor, mis colegas y yo hemos descubierto que la gran mayoría parecen motivados por accidentes que parecieran no estar relacionados, como la caída de un trabajador de la construcción de una escalera o el manejo incorrecto de maquinaria peligrosa por parte de un trabajador de la industria manufacturera. En California, nuestras investigaciones muestran que el calor puede haber causado de manera rutinaria 20.000 accidentes laborales al año, de los cuales solo una fracción minúscula de estos se registró de manera oficial como relacionados a las altas temperaturas.

Cada vez hay más estudios que relacionan la temperatura con el rendimiento cognitivo y la toma de decisiones. Las investigaciones muestran que los días más calurosos provocan más errores, incluso entre atletas profesionales; más delincuencia local y más violencia en prisiones, según documentos de trabajo. También se corresponden con un mayor uso de insultos en redes sociales, lo cual sugiere que incluso un mundo cada vez más caluroso es probable que sea un mundo no trivial más irritable, propenso a errores y conflictivo.

Los niños no son inmunes. En una investigación en la que se utilizaron más de cuatro millones de resultados de exámenes de estudiantes de Nueva York, descubrí que, de 1999 a 2011, los estudiantes que se presentaron a los exámenes Regents de secundaria en un día de 32 grados Celsius tenían un 10 por ciento menos de probabilidades de aprobar sus materias en comparación con un día de 15 grados. En otra investigación, mis colegas Joshua Goodman, Michael Hurwitz, Jonathan Smith y yo encontramos que en todo el país, los años escolares más calurosos conducían a avances más lentos en exámenes estandarizados como los exámenes SAT preliminares. Puede no parecer un efecto enorme en promedio: alrededor del uno por ciento de aprendizaje perdido por cada grado de temperatura más alta en un año escolar. Es probable que apenas se note en un año determinado. Pero como estos efectos sobre el aprendizaje son acumulativos, pueden tener consecuencias importantes.

Las consecuencias ocultas del humo de los incendios forestales pueden ser incluso más profundas que la muerte y la destrucción más visibles causadas por las llamas.

Y hablamos solo del calor. Los investigadores están dando a conocer los efectos más sutiles, aunque acumulativos, del aumento de los incendios forestales y otras catástrofes naturales. Las consecuencias ocultas del humo de los incendios forestales pueden ser incluso más profundas que la muerte y la destrucción más visibles causadas por las llamas. En un artículo que aún no se publica, los investigadores calcularon que el aumento del humo de los incendios forestales debido al cambio climático puede causar más de 20.000 muertes adicionales al año en todo el país para el 2050. Muy pocas de estas muertes se registrarán de manera oficial como resultado de incendios forestales, ya que habrán sido el resultado de la influencia acumulativa del empeoramiento de la calidad del aire y el debilitamiento de la salud a lo largo de muchas semanas y meses. Las investigaciones sugieren ahora que el humo de los incendios forestales puede afectar de manera adversa la salud fetal, el aprendizaje de los estudiantes, así como lo que ganan los trabajadores.

Dado que incluso el cambio climático “no catastrófico” puede causar daños más sutiles y amplificar las desigualdades más de lo que solíamos pensar, las intervenciones locales son esenciales para ayudarnos a estar listos para el calentamiento que se avecina.

En la actualidad, nuestros sistemas sociales y económicos no están bien preparados para ajustarse a los daños acumulados que provoca el cambio climático, aunque gran parte de lo que determina que el cambio climático nos perjudique depende de las decisiones que tomamos como individuos y como sociedad. Que un día caluroso provoque un malestar leve o una mortalidad generalizada depende de decisiones humanas: decisiones individuales, como instalar o no aire acondicionado, y decisiones colectivas, como el precio y la disponibilidad de los seguros, la asignación de camas hospitalarias o los procedimientos y normas que rigen cómo y cuándo trabajan los trabajadores.

Investigaciones recientes indican que el efecto de la temperatura en la salud humana depende en gran medida de las adaptaciones locales. Por ejemplo, un día por encima de los 35 grados Celsius en los distritos postales más fríos de Estados Unidos tiene un efecto casi 10 veces mayor sobre la mortalidad de los ancianos que en los distritos postales más cálidos. En otras palabras, una serie de días así en un lugar como Seattle provocará un aumento mucho mayor de la tasa de mortalidad que en un lugar como Houston, aunque ambos lugares tengan niveles de ingresos similares. En las zonas rurales de la India, factores institucionales como el acceso a la banca puede afectar cuántas vidas se pierden en última instancia debido al calor; el calor puede reducir el rendimiento de las cosechas, lo cual ocasiona que los agricultores de subsistencia dependan de fuentes de financiación para mantenerse a flote.

En nuestra investigación sobre el calor y el aprendizaje, encontramos que los efectos adversos de un año escolar con un grado más de calor son de dos a tres veces mayores para los estudiantes negros e hispanos, que tienen menos probabilidades de disponer de aire acondicionado en la escuela o en casa, incluso dentro de una misma ciudad, mientras que son casi inexistentes en escuelas y barrios con altos niveles de uso de aire acondicionado en el hogar y en la escuela. Calculamos que las temperaturas más cálidas ya pueden ser responsables del 5 por ciento de las diferencias raciales en los resultados académicos. Sin inversiones correctivas, es probable que el cambio climático amplíe aún más estas diferencias. Si nos centramos en estos costos sociales más sutiles, podremos diseñar y aplicar estrategias más eficaces. Pero en este momento, las iniciativas de adaptación siguen siendo muy fragmentadas y se centran en amenazas climáticas más visibles, como el aumento de las tormentas.

Y, por supuesto, una comprensión empírica más matizada de los daños climáticos deja aún más claro que reducir las emisiones de manera drástica tiene sentido desde el punto de vista de la relación costo-beneficio, no solo porque queremos asegurarnos contra un colapso ecológico total (por ejemplo, “extinction rebellion”, el movimiento internacional que utiliza la acción directa no violenta y la desobediencia civil para obligar a los gobiernos a que actúen con justicia para paliar la emergencia climática y ecológica, y los “puntos de inflexión”), pero también porque los costos económicos de incluso un calentamiento “no catastrófico” pueden ser significativos. Según cálculos de la Agencia de Protección Ambiental que tienen en cuenta solo algunos de estos efectos acumulativos, una sola tonelada de dióxido de carbono genera costos sociales futuros por un valor de 190 dólares, lo que significa que lo más probable es que valga la pena utilizar tecnologías que reduzcan las emisiones a un costo por tonelada menor.

El cambio climático es un fenómeno complejo cuyos costos finales dependerán no solo de la rapidez con que dejemos de utilizar los combustibles fósiles, sino también de lo bien que adaptemos nuestros sistemas sociales y económicos al calentamiento que nos espera. Una postura proactiva hacia la adaptación y la resiliencia puede ser útil desde el punto de vista de la salvaguarda de la propia seguridad física y financiera, ya sea como propietario de una vivienda o como director de una empresa que pertenece al índice Fortune 500. Puede ser vital para garantizar que los sistemas sociales y económicos se adapten al cambio climático. Puede ser vital para garantizar que las escaleras de las oportunidades económicas no sean inalcanzables para quienes intentan subir sus peldaños más bajos.

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