Con otra mirada

Nuevo espacio cultural en Santa Ana

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

La aldea Santa Ana, en el Valle de Panchoy, tiene una singular importancia histórica, pues se trata del pueblo fundado por el deán Juan Godínez, bajo la advocación de Santa Ana, cuando Santiago de Guatemala estaba asentado en el Valle de Almolonga, es decir entre 1527 y 1541. Ahí se construyó un oratorio que fue elevado a la categoría de ermita hacia 1541 y, hasta donde se sabe, fue la primera en ese valle.

Del templo actual es difícil determinar si algún muro o elemento arquitectónico pertenece a aquella primera construcción. Su fachada es típica de la arquitectura del último tercio del siglo XVIII. Está formada por tres cuerpos separados por simples entablamentos y tres calles definidas por pilastras almohadilladas, con ricas hornacinas e imágenes hechas en mampostería acabadas con estuco, ventana octogonal en el coro alto, dos pequeñas torres campanario a sus costados, y el impresionante arco conopial de la portada.

Su origen y emplazamiento tiene tal importancia, que los creadores de la Ley Protectora de La Antigua Guatemala (1969) definieron el perímetro urbano colonial así: “Partiendo de un punto situado a 250 metros al Norte del eje central de la Puerta de la Ermita de Santa Ana con un rumbo de N 83°E y una distancia de 290 metros…”

A mediados del siglo pasado doña Matilda G. Gray, acaudalada residente, financió la restauración del templo, contando con el apoyo del arquitecto Ricardo Sosa A. De esa intervención surgió el hermoso muro perimetral con remate ondulado, enriquecido por un albardón, que terminó siendo un importante elemento compositivo de la plaza, con cuyas formas se cerraron los flancos sur-oriente y sur, dando unidad a ese amplio espacio abierto.

Por circunstancias casuísticas y con plena conciencia de su categoría, en las postrimerías del siglo XX se hicieron dos significativas inversiones: J.D. Textiles y el condominio Portal de La Alameda. La primera frente a la plaza y la segunda, detrás del templo.

Hoy, luego de 20 años de actuar, la Fundación Nuevas Raíces, ideada por los esposos Lissie Habie y Mitchell Denburg, para ofrecer espacios de apoyo a la cultura, reforestación y agricultura, impulsando el arte, la educación y el desarrollo sostenible, dedicado a artistas, jóvenes líderes y sus comunidades en Sacatepéquez, Escuintla y Huehuetenango, llegó el momento de abrir al público un nuevo espacio cultural denominado La Nueva Fábrica. Se localiza frente a la plaza de la aldea y fue inaugurado el pasado sábado, aunque desde hace cinco años ha sido el punto de convergencia de artistas plásticos nacionales y extranjeros, a través de programas de residencia, talleres y estudios multidisciplinarios. La nueva galería cuenta con un área de 750 metros cuadrados para salas de exhibición y actividades, talleres privados, estudios y archivo fotográfico.

Entre los artistas locales que han participado de esa nueva manera de entender la actividad artística están: Antonio Pichillá y Benvenuto Ch’ab’aqj Jaay, como parte de los programas de residencia. El proyecto incluye tanto a artistas emergentes como a los ya establecidos; curadores, académicos y estudiantes, quienes exploran nuevas expresiones creativas, ofreciéndoles vivienda y estudios privados para trabajar.
El proyecto es a todas luces un acto de amor de parte de Mitchell, ante el recuerdo de Lissie, cuya amplia y fecunda obra artística complementa el trabajo de otros creadores.

Proyectos de esa naturaleza y envergadura son posibles y deseados en una ciudad histórica como La Antigua Guatemala, cuya conservación, como lo he expresado en reiteradas oportunidades, depende del crecimiento y desarrollo de sus aldeas. Tal el caso de Santa Ana.