Imagen es percepción

Ojo por ojo y barril por barril

Hoy el precio del petróleo ya no depende solo de la oferta y la demanda. Depende de una llamada, una decisión o un movimiento de Donald Trump.

El 28 de julio, en una misma jornada y bajo el mismo techo, Donald Trump recibió a Benjamin Netanyahu y a Volodímir Zelenski. No hubo foto de los tres juntos, no hubo cumbre tripartita, y sin embargo el simbolismo pesó más que cualquier comunicado. Washington se confirmó como el único punto del planeta donde convergen, sin tocarse, las dos guerras que definen esta década. Esa coincidencia no fue casual. Es la fotografía más honesta del orden mundial actual, un poder que administra crisis paralelas desde el mismo despacho.

Luego la guerra dio otro salto. El mayor ataque ruso de las últimas horas obligó a Polonia a reforzar su defensa aérea ante la cercanía del conflicto.

Con Netanyahu, el tema fue Irán. Cinco meses después de los bombardeos conjuntos que abrieron la guerra en Oriente Medio, ambos hablaron de objetivo común: que Teherán no tenga arma nuclear. Pero bajo el lenguaje diplomático hay una grieta real. Netanyahu quiere presión sostenida y vigilancia permanente; Trump, con las elecciones de mitad de mandato asomando, ya insinúa que “Irán quiere hablar” y que un acuerdo es posible. Netanyahu, además, no llegó a Washington solamente a hablar de bombas. Presionó también por ampliar los Acuerdos de Abraham, con la mira puesta en una eventual normalización con Arabia Saudita.

Con Zelenski, el tema fue Rusia, interceptores Patriot, defensa aérea, la posibilidad de reactivar negociaciones. Nada de esto se cruza con Irán, y no existe hoy una alianza nueva ni un giro de roles entre Kiev y Washington. Existe la misma dependencia de siempre. Pero hay que leer entre líneas. La presencia simultánea de estos líderes podría ser la señal de una alianza estratégica para enfrentar amenazas comunes.

Lo que sí hermana ambos frentes es el petróleo. El brent saltó casi 8% en un solo día apenas Trump insinuó que golpearía “duro” a Irán. Cada amenaza, cada tanquero atacado en Ormuz, cada pausa diplomática, se traduce en minutos a un movimiento de precio. El mercado ya no distingue entre la guerra de Ucrania y la de Irán; las lee como una sola variable de riesgo global, porque ambas amenazan, por caminos distintos, el mismo sistema energético del que depende media humanidad.

Y después está lo más inquietante: las amenazas de muerte contra la familia Trump, documentadas por inteligencia israelí y expuestas en vallas públicas en Teherán bajo el lema “sangre por sangre”. No es retórica de Guerra Fría; es un umbral nuevo, donde el objetivo deja de ser el Estado y pasa a ser la persona. Cuando un conflicto empieza a personalizarse así, la contención diplomática se vuelve más frágil, porque ya no hay marcha atrás sin humillación para alguna de las partes.

La guerra ya no se limita a Israel e Irán. Los ataques han alcanzado territorio de Jordania, Arabia Saudita, Irak, Baréin, Kuwait, Catar, Omán, Egipto y Chipre, además del estratégico estrecho de Ormuz, donde la navegación comercial también ha sido blanco de las hostilidades. Cada nuevo país implicado amplía el riesgo de que un conflicto regional termine convirtiéndose en una confrontación de dimensiones mucho mayores.

Nadie va a firmar una declaración de guerra mundial. Eso ya no ocurre así. Ocurre en vallas con ataúdes, en tanqueros que arden en Ormuz sin bandera clara, en un Despacho Oval que despacha dos guerras en la misma tarde como quien firma dos expedientes. El siglo XXI no divide el mapa en bandos; lo divide en crisis simultáneas que un solo hombre administra según el calendario electoral. Y ahí está el verdadero peligro, el que ninguna cumbre resuelve: el día que a Trump se le crucen las dos agendas, la de sobrevivir a Irán y la de sostener a Ucrania, alguien va a tener que esperar. Y el petróleo, que no cree en discursos, ya empezó a cotizar esa duda.

ESCRITO POR:

Brenda Sanchinelli

MSc. en Relaciones Internacionales e Imagen Pública. Periodista, experta en Etiqueta. Dama de la Estrella de Italia. Foodie, apasionada por la buena mesa, compartiendo mis experiencias en las redes.