Pluma invitada

¿Se rescata a Guatemala con partidos políticos o con trampolines electorales?

Pablo Rodas Martini  @pablorodas

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Pese al disgusto, enojo y hasta repugnancia que a muchos les causen los partidos políticos, la palabra trampolines suena deleznable. Trampolines políticos han sido los “partidos” de los últimos dos presidentes, Giammattei y Morales, y también el “partido” que llevó a la presidencia a Serrano. Son agrupaciones que las forma o las alquila quien ambiciona a ser presidente, pues no se puede llegar a ser presidente si no es a través de lo que legalmente se conoce como partido político. Pero si se pudiera competir para la presidencia con partidos de futbol o con coros, cada cuatro años el país se inundaría de futbolistas y cantantes.

El resto de agrupaciones que han llevado a alguien a la presidencia cubren un abanico que va desde cuasi-trampolines electorales hasta cuasi-partidos políticos. Duran algunos años y de ahí se mueren: me refiero a las agrupaciones que llevaron a la presidencia a Arzú, Portillo, Berger, Colom y Pérez. Guatemala solo ha tenido un verdadero partido político desde el retorno a la democracia: la Democracia Cristiana. Fue un partido político auténtico en el sentido de que tenía ideología, una organización sólida, presencia nacional, y, sobre todo, muchos años de formación. Cerezo y su cúpula, sin embargo, se quedaron muy enanos, nada que ver con los políticos que forjaron la democracia chilena después de la dictadura de Pinochet. La superficialidad, miopía y falta de compromiso histórico hizo que después de cuatro años ya no quedara partido (solo la ficha ante el TSE que duró unos años más).

He ahí la tragedia nacional: la Constitución, al igual que en cualquier país democrático, le otorga un rol preponderante a los partidos políticos pues son estos quienes no solo controlan de manera directa el Ejecutivo y el Legislativo sino que también el Judicial y todas las demás instituciones del Estado. Son estos quienes aprueban las leyes, arrancando por la más importante, la Constitución misma. El sistema ha sido creado y se encuentra capturado por los “partidos políticos”, los que, como he dicho no son sino trampolines electorales o menjurjes entre partidos y trampolines.

Alguien podría decir: suprimamos los partidos políticos y que sea otro tipo de organizaciones los que elijan a nuestros gobernantes. Aquí llegamos al meollo del asunto y no a la tragedia sino que tragicomedia nacional: los partidos y trampolines políticos no son lo más obscuro y corrupto de nuestra sociedad sino que sencillamente son un reflejo, un espejo, la otra cara de la sociedad guatemalteca. El guatemalteco vitupera contra los presidentes y diputados ladrones y nepotistas, ¿pero acaso no son esos mismos guatemaltecos los primeros que tratan de conseguir un buen “hueso” o contratos si es empresario cuando un familiar o amigo cercano llega a un cargo importante? Se que muchos dirán que “yo no sería así”, ¿pero acaso no han pasado hileras e hileras de no-políticos como presidentes, ministros y diputados y al año o dos años ya están tan maleados como los políticos más veteranos y torcidos?

¿Cuál es el quid del asunto? En la idiosincrasia del guatemalteco, muy enraizada hasta en lo más profundo, a la política, se le llame de partidos políticos, trampolines electorales o “instituciones de la máxima ética y decencia”, se le ve como la forma de enriquecimiento rápido. Fuera de la política es muy arduo enriquecerse o vivir muy holgadamente. La política es un atajo, y como cada partido o trampolín político no logra gobernar sino una sola vez (el PAN no fue la excepción pues hubo PAN 1 de Arzú con un grupo de gente y PAN 2 de Berger con otro grupo), ese atajo, donde cada mes vale oro, visto desde la distancia luce como un cardumen de pirañas hartándose un novillo en la corriente del Amazonas.

p.s. Ojo, no digo que no haya habido políticos honestos. Los ha habido. Serán uno en treinta, o, a lo sumo, en veinte. La postdata fue deliberada.