Sin fronteras

Señor Biden, derribe ese muro

Las barreras comunican simbolismos negativos. El muro bloquea, impide un progreso hacia futuros compartidos. En la historia, nuevos horizontes se han abierto cuando los muros se demuelen. Nada más emblemático que una muralla feudal. Necesaria, quizás, para sus tiempos, pero de esto, hace tantos siglos. Un muro detiene. Eso, en una gran expresión, lo entendió en su momento su ahora antecesor, el presidente Ronald Reagan. Enfático en sus objetivos, y entendido de la simbología, tomó un avión hacia Berlín y, en un día de 1987, transmitió un mensaje que es ahora referente del cambio de una era en la historia moderna. En ese entonces, una imagen de opresión, prisión y estancamiento se había colocado sobre un bloque en el Este. Rollos de alambre espigado; perros atacando a personas; y armas amenazantes contra quien buscara traspasarlos —aunque fuera en búsqueda de su propia sobrevivencia— son recuerdos engavetados como parte de un pasado gris. Uno que pensamos, estaba superado. Pero esas imágenes resurgieron, y hoy provienen del país que usted hereda.

Nuevamente, el muro actual es más que el objeto de materia. Es también una muralla mental. Una visión empecinada en cegarse ante las causas que generan un incontrolado éxodo centroamericano. Mucho se habla sobre las que expulsan. Pero tengo la impresión de que el problema pasa también por reconocer las causas que las atraen, desde una enorme potencia económica que está a solo dos fronteras de distancia. Los retos en su país son claros e identificables. Un sistema migratorio que bien se dice de él, está roto. Una confrontación racial, desadaptada en el tiempo. Y una economía que actúa con hipocresía. Que condena al foráneo, mientras recibe el ahorro por la contratación laboral irregular. Honestamente, no veo cómo pueda curarse este mal sin antes reconocer a quienes sabemos que nos aportan. A los muchos ejemplos de nuestros paisanos que suman a su país. Desde quienes recogen frutos en los campos de Immokallee; quienes destazan aves en las granjas de Columbus; quienes trabajan en servicios en el sur de California, hasta enormes destacados que ocupan puestos en importantes organizaciones.

Pasa por atender las causas de la expulsión desde sus lugares de origen. La muerte de la ilusión de vivir en el lugar del nacimiento. He recorrido miles de testimonios migratorios, y puedo concluir en que la solución no es solo la generación de más empleos. Es más. Es desarrollo. Poco disminuirá el éxodo desde las montañas abandonadas, aunque vengan oportunidades de trabajo, si las personas no reúnen las calificaciones. Y aunque se lograran más trabajos, en poco disminuirá el flujo, si un padre no tiene una escuela cercana para que su hijo estudie; o un centro de salud que le preste atención. El desarrollo, el bienestar de la población, es un asunto de nación que requiere compromisos serios, desde un poder al servicio de la población. Este, claramente, no ha sido el caso, particularmente desde hace ya varios años, donde el Estado ha sido capturado por una alianza incrustada en los Gobiernos. El recién nombrado embajador de su país ha dado muestras de estar al tanto de la situación local.

Derribe ese muro, señor Biden. Derribe la visión de que el reto se limita a más perros en la cerca. De que la tortura sirve como una disuasión. De que su país no acoge más a solicitantes de asilo. Acompañe, en alianza, la construcción de Estados de Derecho. Habrá intereses opuestos. Pero que le sirva el recuerdo de la vergüenza causada por la tragedia humana en las fronteras. Desarrolle sus planes para reorientar el suyo como un país de inmigrantes; y para fortalecer las alianzas necesarias con Centroamérica. Supere a sus antecesores. Que le acompañe la ilusión de ser un agente de cambio hacia una nueva era en nuestra historia común.