Catalejo
Serrano-Porras o el fin del sistema jurídico
Serrano intentó silenciar y censurar a la prensa, pero fracasó rotundamente.
El dúo nefasto Consuelo Porras y Fredy Orellana en una de sus últimas acciones antes de ser juzgados por sus acciones ilegales y grotescas acabaron el miércoles definitivamente con el poco prestigio restante del sistema jurídico guatemalteco al decidir, increíblemente, anular los cargos contra Jorge Serrano Elías, en mala hora llegado a ejercer la presidencia de la República e intentar un grotesco golpe de Estado, el último ocurrido en Guatemala, el 25 de marzo de 1983. De eso hace casi 43 años, los cuales ha pasado escondido en Panamá, a donde llegó con la suerte de aumentar su cuantiosa, ilegal e inmoral fortuna, y desde hace algunas semanas había resurgido en su llorona y absurda actitud de creerse víctima de una conspiración en su contra.
Serrano estaba en el basurero de la historia, tras 43 años de su autogolpe. Pero por su estulticia, insistió en regresar.
No había nacido más de la mitad de los guatemaltecos adultos de hoy, quienes ignoran de quién se trata porque en Guatemala la historia se cubre con impunidad. Lo ocultaron gobiernos posteriores como Arzú, Portillo, Colom, Pérez Molina, Giammattei y, ahora, Arévalo. El interés nacional, desafortunadamente, disminuye pronto y desaparece. El “serranazo” lo afianzó como una figura corrupta, golpista, ególatra, convencida de haber llegado por intervención divina. Haberlo liberado es una afrenta al país, pues los intentos de golpe de Estado no prescriben (caducan) y la permanencia en el exilio es un castigo merecido, aunque, como en este caso, se convirtió en uno de oro, rodeado de lujos al mezclarse con políticos locales de su calaña.
Serrano intentó silenciar y censurar a la prensa, pero fracasó rotundamente por la oposición férrea de la OEA, el departamento de Estado, la comunidad internacional y el gremio periodístico. Lo digo al ser testigo presencial junto con el colega Luis Morales Chúa del intento de ingreso de un par de censores al edificio de Prensa Libre, quienes huyeron ante las filmaciones de CNN. Apenas estuvo dos días, antes de ser trasladado al aeropuerto en un avión militar, por una decisión con la cual nunca estuve de acuerdo, porque merecía la cárcel. Llegó al extremo de amenazarme de muerte en una reunión realizada en la casa del pastor Caballeros, canciller en ese momento, a lo cual le respondí —“¡Sos un imbécil! Eso se hace, pero no se anuncia frente al estado mayor presidencial”.
Rumores lógicos señalan esa burda maniobra como parte de una serie de mensajes por redes sociales con su misma cantaleta de una conspiración en su contra, ahora explicables por la indudablemente corrupta, a mi juicio, decisión de perdonar los delitos por ese juez. Puede hacerlo: es millonario desde la campaña, al haberse apropiado de los fondos regalados por financistas corruptos, según él mismo dijo poco después de la victoria ante Jorge Carpio, muy pocos días después asesinado en un camino cercano a Chichicastenango. Otro de sus absurdos: cenar en New York en un restaurante donde meseras olvidadizas no usaban brasier. Fue fotografiado, y al llegar a Guatemala lo negó y recibió una reprimenda muy merecida de parte de su esposa.
Debió haberse quedado quieto, escondido donde pertenece, en el basurero de la historia, pero su vanidad exacerbada lo hizo sacar la cabeza. En lo personal, me perece abominable haber destruido el digno nombre de su padre, quien tuvo las agallas de presentarse ante Ubico para pedirle la renuncia. Eso es imperdonable. Ahora, además de golpista, tiene un nuevo baldón: ser perdonado por un juez, a mi juicio, corruptible, venal, y con ello apuñala al sistema judicial guatemalteco, sobre todo en el campo de la politiquería, y cuya credibilidad está en el suelo. Manda un mensaje terrible a los estudiantes de Derecho, los abogados jóvenes y, en general, la ciudadanía. Ya había sido olvidado: ahora regresa a demostrar su estulticia y terminar de manchar su nombre.