Nota bene

Sobre la cultura del descarte

Cada persona posee un valor intrínseco por el mero hecho de ser persona. El papa Francisco ha insistido que ninguna persona es “descartable”: los ciudadanos y los gobernantes deben respetar nuestro derecho básico a la vida, la libertad y la propiedad. Los sistemas colectivistas, socialistas y totalitarios son más propensos a desvalorizar o descartar a la persona. Las instituciones garantes de la libertad individual enarbolan estos principios cristianos.

Frecuentemente se piensa que los pobres son víctimas de quienes, comparativamente, gozan de mejores condiciones de vida. A partir de este terrible error, se procede a reclamar el uso del poder gubernamental para controlar, reprimir o expropiar a quienes son tachados de opresores o “ricos”.  El fin justifica los medios. El pisoteo de la libertad, la vida y la propiedad de unos, los supuestos malhechores, se excusa en aras de fabricar una sociedad más equitativa.

En realidad, la única forma de evitar la explotación de unos por otros es asegurando la libertad y voluntariedad de nuestros intercambios, evitando el uso de la fuerza. El mercado libre y dinámico enmarca un juego de gana-gana, no de suma cero. Genera  beneficios mutuos y no explotación. El mercado no meramente redistribuye un caudal estanco, sino crea riqueza donde antes no había.

Solamente bajo coerción, las personas aceptamos tratos desfavorables. Un ciudadano promedio no tiene la capacidad de oprimir a otro, sobre todo cuando rige un Estado de Derecho que protege nuestros derechos básicos. En dicho sistema, los parámetros constitucionales asignan al gobierno el poder monopólico, pero limitado, para coaccionar adultos. El abuso o la exclusión es posible únicamente cuando el gobierno se brinca la barda e inventa un privilegio, protección u otra regulación que sirve ciertos intereses particulares a costillas de otros.

El mercantilismo, clientelismo o cronismo es inmoral porque es coercitivo. No es capitalismo ni neoliberalismo. Los agentes económicos se mudan a la arena política, al juego de suma cero, para cabildear y negociar ventajas con sus gobernantes, en vez de competir en igualdad de condiciones y con libertad.  El mercado intervenido selecciona a ganadores y perdedores. La corrupción alza su fea cabeza. A mayor abuso del poder arbitrario, más corrupción. A mayor libertad, más transparencia.

La persona es prescindible en la imaginación colectivista, que priva cuando el gobierno cobra más poder arbitrario. Es veneno puro repartir a los ciudadanos en categorías o clases antagónicas y corporativistas, como sugirieron Marx y Engels. ¿Qué produce más odio, envidia, recelo y conflictividad que estas narrativas? Los más de 100 millones de muertos sacrificados por el comunismo totalitarista del siglo XX deberían bastar para entender el peligro que representa el poder absoluto y altamente centralizado para la persona. Dichos regímenes persiguieron a gente por su ocupación, raza, religión, ideología o hasta por capricho. ¡Es inaudito que algunos cristianos defiendan el socialismo o el comunismo, tan hostiles a sus principios! Las sociedades abiertas y libres son las únicas centradas en la persona y sus derechos. En ellas se procura una convivencia pacífica y plural, acorde con la visión cristiana.

Ahora, se alzan voces requiriendo a los gobiernos que “corrijan” la desigualdad económica producto de mercados supuestamente desbalanceados. Los gobiernos desbocados pueden quebrar y perseguir a los ricos. Pero no pueden hacernos iguales ni eliminar la pobreza. No pueden abolir la propensión humana al intercambio económico sin practicar el descarte y la exclusión. La pobreza se cura creando riqueza, y sólo los mercados libres hacen eso.