A contraluz

Testimonio de un indio k’iche’

Haroldo Shetemul @hshetemul

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En noviembre de 1995, la hoy desaparecida revista Arteria publicó una entrevista que le hice a Humberto Ak’abal, en la que el insigne poeta señalaba que la fuente de su inspiración era la cosmovisión maya-k’iche’ y los sufrimientos que han afrontado los pueblos mayas. “Cuando nací/me pusieron dos lágrimas/en los ojos/para que pudiera ver/el tamaño del dolor de mi gente”, dice en uno de sus poemas. Habían transcurrido apenas cinco años desde que se publicara su primer libro, Ajyuq’ (El animalero), que tuvo una buena acogida en el ambiente literario. ¿La razón? La obra de Humberto significaba una bocanada de aire fresco en la poesía guatemalteca y una voz auténtica que se nutría de la tradición oral de los pueblos originarios. La entrevista fue pactada para efectuarse en un comedor del Mercado Central porque el escritor lo conocía desde que tenía ocho años, cuando llegaba con su papá a comer, vender ponchos de Momostenango y conversar con sus amigos lustradores.

Desde hace un año que el poeta ya no está con nosotros. El 28 de enero del 2019 partió hacia la eternidad, donde descansan los hombres que han dejado huella en este mundo. Pero su espíritu está presente en su obra literaria y en su voz diáfana y sencilla. Acabo de terminar de leer el libro Humberto Ak’abal, testimonio de un indio k’iche’, que recoge una serie de entrevistas que le hizo la socióloga Catherine Vigor en los años noventa y que fue publicado en francés con el título de Atanasio. Parole d’Indien du Guatemala. La autora señala que fue publicado con seudónimo en Francia para evitar problemas de seguridad para Humberto, debido a que era la primera vez que habría su corazón para relatar su vida como indio y exponer lo que pensaba sobre la discriminación, el racismo y el dolor y muerte que causó el régimen militar. Gracias a la traducción que hizo Philippe Hunziker, esta obra está disponible en español.

¿Para qué sirve conocer la vida de un indio? Cuando uno se adentra en las páginas de este texto es como si escuchara hablar a Humberto de una realidad lacerante. Muy pocas personas se atreven a mostrar la discriminación y el racismo desde la óptima personal y cómo esos lastres siguen presentes en la sociedad guatemalteca. “Pasé mi niñez en Momostenango, un puro pueblo indio de montaña, en medio de barrancos, de montes y de bosques de pinos, de cipreses y de eucaliptos”, cuenta Humberto y permite comprender cómo ese paisaje se cuela en la monumentalidad de sus poemas. Al mismo tiempo relata cómo es la vida de un niño que en lugar de perseguir mariposas en ese mundo mágico y dedicar tiempo a los juegos infantiles tuvo que acompañar a su padre alcohólico a vender tejidos en la capital para la sobrevivencia familiar. Y regresar sin un centavo debido al alcohol. Al mismo tiempo, el poeta interioriza que quizá su padre bebía para olvidar las injusticias, los desprecios y la miseria que el indio soporta en silencio.

Hubo tiempos en Guatemala en que los indios eran cazados como animales para hacer el servicio militar, algo que no hacían los ladinos. Los jóvenes y adultos tenían que esconderse en las montañas para evitar que los comisionados militares se los llevaran amarrados para el cuartel, donde los hacían beber sangre de perro y comer carne humana. No, no es ficción, es la alucinante realidad que han tenido que soportar los pueblos indígenas, la misma que los llevó a poner los muertos durante el conflicto armado. Humberto relata la vida de un indio desde una perspectiva equidistante de las dos fuerzas en pugna, Ejército y guerrilla, y cómo la población civil afrontó la peor parte con los secuestros, torturas y masacres. Por ello este libro es vital para comprender la cosmovisión de los pueblos mayas y como un testimonio crudo del significado de la discriminación y racismo que desgarra a nuestro país.